Luis Gonzaga Urbina

Índice
Crónicas y comentarios
La ilusión de la vida que empieza
Una ciudad triste y un pueblo muerto
Luis Gonzaga Urbina nace el 8 de febrero de 1864 en la Ciudad de México. Estudia en la Escuela Nacional Preparatoria, es aquí donde tiene un acercamiento con el poeta modernista Manuel Gutiérrez Nájera, quien sería una de sus mayores influencias dentro de la obra lírica e incluso de su crónica. Trabajo al lado de Justo Sierra en la Secretaría de Instrucción Pública. Se dedicó a la docencia y a la crítica teatral, durante la gesta revolucionaria en México, se trasladó a La Habana y Madrid, donde moriría en 1934.
Al concluir sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria y al incursionar en el periodismo en El Siglo XIX, Justo Sierra lo acobija debido a la prosa que ve en el joven Urbina, gracias a esto es nombrado como su secretario personal, que gracias a este nombramiento conocería más tarde a Gutiérrez Nájera, de quien Urbina fue considerado como sucesor. La trayectoria profesional de Gonzaga Urbina estuvo vinculada a la administración pública y a los principales medios de comunicación de México.
Ejerció la cátedra de literatura española en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela Nacional de Altos Estudios; sus crónicas fueron aclamadas, al igual que sus críticas teatrales y musicales, su trabajo se vio en periódicos y revistas como El Mundo Ilustrado, Revista de Revistas o El Imparcial, que en 1911 tomaría el cargo como editor. Forma parte de la celebración de los primeros cien años de la Independencia Mexicana, con la participación en la Antología del centenario, donde escribiría al lado de Pedro Henríquez Sureña y Nicolás Rangel, dicho proyecto estaba bajo la supervisión de Sierra. Es colaborador en la Revista Azul, con poemas de carácter emotivo, elegante y original.
La Biblioteca Nacional de México lo nombra como director en 1913 hasta 1915. Durante este cargo expreso su inconformidad hacia el gobierno debido a la desastrosa situación en la que se le entregó dicha institución. Cabe destacar que a su llegada decide que las Biblias formen parte del acervo bibliotecario.
Su cargo dentro de la Biblioteca Nacional lo abandonaría en 1915 debido a su inconformidad con la revolución constitucionalista, que llevo a Álvaro Obregón a la presidencia, se exiliaría en La Habana, donde ejercería la docencia y el periodismo, debido a que en 1913 en El Imparcial se promulgará a favor de Victoriano Huerta. Fue enviado a Madrid por el periódico El Heraldo de la Habana, época en donde varios mexicanos ilustres residieron ya sea por exilio o estudios: Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Diego Rivera o Ángel Zárraga. Residiría en Madrid el resto de su vida pero haría importantes viajes a Buenos Aires e Italia, junto a un frustrado intento por regresar a México en 1917.
Durante su estancia en la capital argentina daría conferencias sobre la literatura mexicana que impartió en la Universidad de Buenos Aires, que tiempo después serían publicadas como La vida literaria en México (1917) y La literatura mexicana (1913); poco tiempo después sería nombrado desde México como Primer Secretario de la embajada Mexicana en Madrid, para que posteriormente en 1920 regresara a México y tomara las riendas del Museo Nacional de Arqueología, Etnografía e Historia, pero no pasaría mucho tiempo cuando decide regresar a Madrid después del asesinato de Venustiano Carranza. De vuelta en Madrid volvería a la gestión pública como secretario en la comisión “Del Paso y Troncoso”, siendo hasta 1926 que tomaría el cargo definitivo. Muere el 18 de noviembre de 1934, el cadáver fue reclamado por las autoridades para ser enterrado en la Rotonda de las Personas Ilustres.
Como cronistas fue alabado por la Enciclopedia Espasa, en 1929, debido a que tenía una forma particular de conjugar el estilo elegante con el humor y la frialdad de los hechos que narraría, haciéndolo presente en muchos de los temas variados dentro de su obra. Como cronista publicaría Cuentos vividos y crónicas soñadas (1915), Bajo el sol y frente al mar, impresiones de Cuba (1916), Estampas de viajes (1920) y Luces de España (1924). Además de sus vastas publicaciones en El siglo XIX, Revista Azul, El Imparcial, Revista de Revistas, Juventud Literaria, entre muchas otras.
Comentario a "Cádiz"
La descripción de Cádiz y la sensación que la ciudad dejo impresa en la memoria del escritor, es narrada en esta ocasión. Lo maravilloso que le parece la mezcla perfecta de lo que él denomina modernidad con todas la etapas de la historia española, la manera en la que una es complemento de la otra, parece ser que Urbina acepta este tipo de modernidad, la que da el espacio debido a lugares históricos y que son parte del paisaje natural de la ciudad. En la crónica describe a la perfección la ciudad, sobre todo que da al lector datos sobre los lugares que visito, como las Cortes, un lugar que él cree que es conveniente que debe ser visitado por el hispanoamericano. En esta crónica Urbina explota la descripción del lugar y de la gente que la acompañaba en el barco rumbo a Cádiz y durante su estancia en dicha ciudad.
Cádiz
A las siete de la mañana estábamos frente a Cáliz. El mar, azul y rosa, sin una arruga; tenso y brillante, como de vidrio. Sobre él, en segundo término, la vieja ciudad, montón de caseríos blancos extendidos en una faja que moteaban las manchas verdes de los jardines.
El sol espolvoreaba su polvillo radioso por encima de aquella blancura. La hermosura de la bahía nos emocionaba menos que la presencia de la tierra cercana. En el anterior anochecer habíamos visto fulgurar en lontananza, como un astro a ras de las agua, el faro del Cabo de San Vicente; y por mucho tiempo clavamos ojos y pensamiento en el punto fúlgido que nos hacía guiño de lumbre.
-Aquí está ya la tierra- nos decía-: pronto volverás a verla.
Y, en efecto, el faro cumplió su promesa; poco después de amanecer, Cádiz estaba allí. Atracó el buque en el muelle. Echaron los marineros la escala, descendimos, y con regocijo alborotador, semejante al de los muchachos que salen de la escuela, en varios grupos, los pasajeros echáronse a caminar, los más sin rumbo ni propósito, y los que debían quedarse, allí, por ser el término del viaje, a buscar asilo y reposo.
En terreno plano, las angostas y torcidas callejas de Cádiz impresionan por su aspecto limpio y sencillo. Las fachadas, de altos muros, empenumbran las vías estrechas; pero como domina el color blanco, la pintura clara, hay, a pesar de la ligera penumbra, alegría en el ambiente. Por lo general, no hay balcones, sino miradores de cristales cerrados. Es raro ver asomada en ellos a una persona. Figúrone que ésta es una de las seculares, residuos, tal vez, del retraimiento oriental. Pero si no mujeres, flores sí suelen asomar por las casas, lindos tiestos de claveles que ponen su nota de rojo encendido en la apacible blancura de los muros. De cuando en cuando, plazas arboladas por donde discurren, con provinciana lentitud, los vecinos; una anciana obesa, con la canasta al brazo; un sacerdote de capa y sotana, y peludo y acordonado sombrerillo; un joven de chaquetilla ceñida y sombrero cordobés; un señor con figura de oficinista pobre; un muchacho de blusa larga que vocea periódicos.
Y es allí donde reside la alegría: en ese movimiento callejero; en esa gente que sin precipitarse, va de aquí para allá; en esas morenas de andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que bajo las mantillas transparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos que relucen; en esas morenas de andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que bajo las mantillas transparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos que relucen; en esas provocativas bocas que sonríen; en esos rostros agitanados, por los cuales pasa a cada instante un relámpago de contento instintivo.
Cádiz no es monumental; algún rincón moruno tiene interés; algún resto medioeval, un retablo, un pedazo de muralla, son evocadores; algo moderno: la estatua de Moret, la placa conmemorativa en la casa de Castelar… En reducida pinacoteca hay un Rubens primoroso y cinco o seis admirables Zurbarán; un Ribera magnífico. En su catedral, de estilo Renacimiento español, poco significativa, guárdanse algunas piezas de vieja orfebrería: vasos sagrados, puños de espada, cruces…
Mas si no es monumental es plácida y está satisfecha de vivir así. Su alegría no llega al júbilo ruidoso; quédase en el sosegado contentamiento. Es comercial; pero a primera vista no parece emprendedora, ni se muestra poseída en la laboriosidad inquieta. Al verla, cree uno sospechar que esta urbecilla de pulida claridad y dorada semipenumbra vive a su gusto, en el trabajo rutinario que si no la enriquece tampoco la afea ni desgasta. Es linda, y con eso le basta. El salado aliento del mar, al acariciarla se impregna de aromas de clavel y de fragancias de manzanilla. Hasta el tráfico de puerto es pausado, con un dejo de arcaica parsimonia. Las barcas de los pescadores dormitan en la orilla como gaviotas fatigadas. Apenas si se distingue, entre las quebradas líneas de las casas, la chimenea de una fábrica.
Como buen hispanoamericano, quise pasar por el edificio donde, en 1812, se efectuaron las memorables sesiones de las Cortes. Si unas losas de mármol, con nombres grabados en oro unos y otros en negro, no señalaran la casa, nadie pararía mientes en ella. Por lo que he contemplado en unas cuantas horas de vagabundeo –calles, plazas, palacios, templos-, no logro rehacer en mi fantasía a la Cádiz cartaginesa, ni a la medioeval, ni a la morisca; sería preciso, para ello, venir a estudiarla y a sorprender sus secretos. Lo que si me imagino, lo que me produce el ambiente, es la Cádiz del siglo XVIII; la de los casacones bordados, las rameadas chupas, las pelucas blancas, las procesiones suntuosas, los saraos deslumbrantes. De esa si quedan rastros, reliquias, no apagadas visiones. El requiebro mismo que los españoles dirigen a esta ciudad es de época; la llaman: “la tacita de plata”..
Al terminar mi rápida visita, sentéme a descansar en una de las mesas que invaden la calle en el café que está frente al mar. Concurridísimo estaba el sitio. En todas las mesas se charlaba con insinuante gracia. Algunos chicos limpiabotas ofrecían sacar “mucho brillo” al calzado, por sólo diez céntimos. Serían las siete de la tarde. Un crepúsculo prolongado entintaba las velas de las barcas, los cascos de los buques, la superficie del agua en el mar; y en la tierra, las casas, los cristales de las ventanas, las copas de los árboles. Agata y violeta era el ocaso.
Junto a mí, alrededor de una de mesa cubierta de vasos de cerveza, tazas de café y cañas de manzanilla, hablaban unos jóvenes con la audacia de la inexperiencia. Se habían enzarzado germanófilos y aliadófilos en arduas disquisiciones. Apasionábanse ambos bandos. Temi, por un minuto, que la discusión degenerase en riña.
Y no. De repente, uno de los oradores, comenzó a cantar sotto voce:
Tus amores me han “matao”… ¡ay!
La gemebunda canción, llena de aspiraciones lacrimosas, volvió la calma al grupo. Los bastones empezaron a marcar el compás. Y discretas palmadas subrayaron el ritmo del aire andaluz. La paz estaba hecha. Ya dijo el fabulista que la música domestica a las fieras.
Comentario a "Entre dos bahías"
Una crónica que nos narra la llegada del escritor mexicano a la gran metrópoli que se encuentra en los Estados Unidos, su llegada a Nueva York. En un inicio nos narra la manera en la que viajo por el océano y lo cercano que la Habana parece estar cerca del navío donde va. La parte importante de la crónica es cuando se ve horrorizado, de alguna manera, por ver que en la ciudad de Nueva York está rodeada por montañas hechas de acero por el hombre, la figura del rascacielos que aún está presente en esta ciudad neoyorkina. Urbina nos demuestra la añoranza que tendrá de la Ciudad de México, sin mencionarlo, debido a que prefiere estar rodeado de montañas naturales, que las hechas por el hombre. Su inconformidad con la modernidad, se ve reflejada cuando al ver la ciudad llena de edificios, menciona que una tormenta esta por empezar y esto debido al color gris de la estructura de los edificios.
Entre dos bahías
Y por asociación, por semejanza, frente a aquel diorama de vidrio ahumado, me acuerdo de las ilustraciones en que la pluma de Hugo solía entretenerse, al margen de las cuartillas manuscritas, mientras el potente cerebro repujaba alguna imagen estupenda. Cuéntase que, a veces, en la nerviosidad con que la mano saltaba del tintero al papel, caía en la garraspateada página una gota de tinta. El poeta, en un maniático diletantismo, aprovechaba la ocasión, y de aquella gota negra, extendida en líneas, siluetas y trazos inverosímiles, iban saliendo portentosas sombras chinescas: el castillo medioeval del los Burgraves; un ejército en marcha; la cabeza de monstruo de Quasimodo; una carrera de titanes en fuga. Quedan todavía, en viejas ediciones, los caprichos tumultuosos de aquel dibujante, en quien la fantasía creadora pudo sustituir con ventaja a la técnica correcta.
Algo de esa vaga exuberancia poseía, para mí, el espectáculo de la bahía neoyorquina. A través del encaje levísimo de la lluvia, la ciudad nebulosa se aparecía, en lo remoto, como un friso de cielo invernal en el último momento de un ocaso sin sol. Mi curiosidad se estremezclaba de melancolía. Mi espíritu encontraba un ambiente propicio para su desfallecimiento.
Miraba yo, miraba, en una difusión de ideas, que reproducía en mi interior las nebulosidades del día. Y de pronto, en el borrado y último término, en una semiclaridad amarillenta que parecía brotar de abajo como una humareda luminosa, fue dibujándose, más precisa cuanto más la miraba yo, una masa de sombra compacta que, poco a poco, diseñó en el fondo su contorno con la habilidad de esos artistas callejeros, que recortando con tijeras papel negro hacen retratos en siluetas, que pegan después sobre un naipe cualquiera. Y ví: las sobrias molduras de un pedestal basto; la línea culebreante de una veste griega; los trazos paralelos de un brazo en alto que remataba en un florón obscuro que rememoraba una antorcha: la curva cerrada de una cabeza que diademaban largas púas; tenebrosas. Era una estatua, la colosal estatua de Bertoldi, erguida sobre las aguas incoloras, en la tristeza de una inmensidad de claroscuro. –“La libertad iluminando el mundo”-pensé, repitiendo el nombre del célebre y artístico faro.
Allí la ví en una hora de misterio, de bruma, de fría y rara vaguedad. Se diría que, como un nubarrón, estaba próxima a deshacerse al soplo de una cercana tormenta. Se diría que, dentro de su obscuridad, se acurrucaba el rayo insomne. Era un guardián de tiniebla vigilando una ciudad de sombra.
Y mientras llegábamos al muelle, me puse a tejer con neblina, perplejidad y sueño, un s profético y pavoroso.
Comentario a "La ilusión de la vida que empieza"
El año nuevo, siempre ha sido de superstición para el hombre el querer cambiar algunos de sus hábitos o lograr una meta es parte del ritual que cada año se hace, todos los eneros. Si bien el brindis es el inicio del cambio, para las personas, para Urbina significa una forma de aparentar que se puede cambiar gracias a una copa de champagne o un saludo fraternal a los amigos, sin que uno se dé cuenta que son simple apariencias y que no van a cambiar debido a que esperamos a que el cambio llegue con el año, sin ni siquiera hacer el intento por realmente lograrlo. La fiesta donde se encuentra está llena de vino y posiblemente de una que otra drogada, debido a que hace referencia a que se aleja de las personas que están sacando su lado filosófico sobre la vida, y están en un estado de sedante porque creen estar seguros del cambio, que gracias a los próximos trescientos y tantos días llegaran al final y se alzaran airosos en la carrera de la vida, pero el escritor deja escrito que es imposible con la mentalidad que ellos tienen.
La ilusión de la vida que empieza
Entro en el año un poco tarde, por fortuna. No me considero obligado a saludar en voz alta, y uno por uno, a los invitados a este banquete de la vida. Pasó el primer brindis; el champagne ríe y burbujea en el fondo de las copas, y los comensales empiezan a sentirse alegres y comunicativos. Busco mi asiento, el lugar que me toca en el festín, y lo hallo entre los míos, junto a mis compañeros de juventud y de esperanza. Ya los serios, los diplomáticos, los que le hacen política al tiempo, diéronle la bienvenida al recién llegado, y entonaron en su loor, viejas y gastadas alabanzas. Allá por entre los manjares y las flores, tres los búcaros henchidos y las fuentes maravillosas de los dulces, entreveo los semblantes satisfechos de los convidados a la mesa de honor, de los altos personajes de la felicidad, de los banqueros de la dicha, de los comendadores de fortuna, de los condecorados con el toisón de oro del placer. Están muy lejos, y apenas si de cuando en cuando, dirigen con una sonrisa compasiva y aristocrática a los que ocupamos los últimos puestos.
Ya estoy con vosotros, amigos míos: mi tardanza es casi involuntaria; tiene por causa esa habitual pereza de mi temperamento; pero llego con oportunidad todavía para que charlemos un poco de esta existencia loca que cree siempre tropezar en enero con las doradas puertas de Jauja. Dejemos que las personas graves enserien su plática de sobremesa y predigan, como es natural, la mala ventura. Ellos ven el mundo con el lente de aumento de la lógica; y de raciocinio en raciocinio, van como de ola en ola, rumbo al incierto mar de las hipótesis. ¡Quién sabe sobre cuál tema arduo y trascendental discuten ahora!
Nosotros, que no somos filósofos, ni ahondamos los eternos problemas, bien podemos despotricara alegremente sobre todas estas pequeñas cosas, impresiones pasajeras, sucesos vulgares, rápidos fantaseos, dolores comunes y efímeras melancolías que son como las cuentas rojas, negras, azules, o blancas, que vamos enhebrando, para matizarlo al capricho de la suerte, en el delicadísimo hilo de vivir.
¡Bah! Las teorías de esos sabios de año nuevo están ya trasegadas por las multitudes, y, como las monedas de uso diario, han quedado sin relieves. No convencen a nadie; no tiene valor y se guardan en la memoria, como un denario o un dracma en una colección de numismática.
Creo que nosotros no lanzaremos la queja clásica: “¡Oh cuán fugaces, Póstumo…”! al abrir este vaso de Pandora que contiene trescientos y tantos días. Ya sabemos de antemano que la señorita Esperanza acostumbra no cumplir sus promesas, y que el caballero Desengaño en un amigo entrometido que, con su experiencia de hombre de mundo, ahoga en la cuna nuestros anhelos y les corta las alas a nuestros sueños. ¿ Y eso qué importa? El corazón sigue, sin cesar, en su labor misteriosa. Trabaja a veces, como un obrero cansado; se le conoce la fatiga; se le disgusto; pero allí está, en el taller obscuro de nuestro pecho, construyendo, latido a latido, el tálamo de nuestra prometida ventura, el joyero de nuestros brillantes delirios, o el ataúd de nuestras muertas ilusiones. No era verdad lo que sentía Baudelaire, en el alto período de su locura negra; el corazón no puede dormir ese sueño de bruto, sin recuerdos, sin visiones, sin pesadillas. Heine, gastado por el amor y por el hastío en plena juventud, le decía en un hondo arranque de amargura: “¡Acaba pronto, carpintero!”
Vamos a vivir, a caminar a marchar forzadas, seguros de encontrarnos a cada paso un punto de vista no conocido, un panorama nuevo. El tiempo no huye, ¡qué va a huir! al contrario; tienen sus horas una marcha uniforme como la de una columna militar en una parada. Cuando estamos entretenidos por el goce; cuando volvemos el rostro para darle un beso a la mujer amada; cuando nos llama la gloria; cuando nos atolondra el bullicio de la orgía, entonces, es claro, no lo sentimos pasar: La culpa no es suya. Mas si estamos de noche, en la alcoba, rumiando nuestras penas, o frente al niño enfermo, esperando el instante en que ha de prepararse la tisana, o junto al cadáver del amigo inseparable; si estamos con el pensamiento en vela, tristemente luminoso y trémulo, como la llama de los blandones, ¡qué buenas compañeras son esas horas silenciosas que pasan sin aceleramiento, y de puntillas como para no distraernos! “¡Ahí va una; cuánto tarda la otra!” nos decimos. Y nó; llega acompasadamente, toca la puerta y se sienta a la orilla del lecho a escuchar nuestras confidencias, y a contar los minutos que debe acompañarnos. Después…, no se detiene; se va callada, como vino.
De esas iguales, pero que medidas con el listón rojo arrancado al corsé de la novia son tan cortas, y medidas con la cinta negra de un féretro, parecen tan largas, tenemos muchas en el año. Somos ricos, Derrochamos este caudal que nos ofrecen. Ya vendrán el Olvido y la Muerte a empobrecernos. Gastemos a raudales, antes que estos ladrones nos sorprendan.
No temáis que las horas huyan; temed que nos las arrebaten; eso sí. Las dolorosas no son muy codiciadas; pero ¡ah! las alegres, las salpicadas con gotas de miel divina, las de los días de oro y las noches azules, llenan de envidia a esos bandidos de la sombra. Precisa gastarlas.
Amigos míos; entro en el festín del año un poco tarde. Pasó el primer brindis. No me obliguéis a ponerme en pie para darle la bienvenida al recién llegado.
Charlemos un poco, si os parece, de esta existencia loca que, en enero cree tropezar con las doradas puertas de Jauja.
Comentario a "Una ciudad triste y un plueblo muerto"
La transición de la modernidad en la Ciudad de México es el tema principal de la crónica hecha por Urbina. La crónica de Urbina, es distinta a la de sus contemporáneos debido a que el critica más las acciones gubernamentales y sociales que enaltecer la modernidad o ir a refugiarse a otra ciudad y ver que en realidad la modernidad era la solución de un país con tantas desigualdades como lo es México en esta etapa precisamente. Hace una dura crítica a las reformas que estaban por implementarse, en este caso su crónica se ve “alejada” del modernismo, por así decirlo, debido a que se concentra más en que el lector se dá cuenta que no puede avanzar hacia la modernidad sino acepta la realidad social en la que está viviendo, la que está dejando de ver por ver un nuevo país en crecimiento externo, pero no interno.
Una ciudad triste y un pueblo enfermo
La ciudad, todavía soñolienta, se despereza, bostezando, como una muchacha a quien el sol del mediodía despierta de un largo sueño tras una gran noche de baile. Después de las fiestas de las colonias, la buena ciudad se echó a dormir, rendida por el cansancio del placer. Sale ahora del reposo, y, acicalándose y componiéndose con sus habituales vestimentas y adornos, vuelve a tomar su aspecto tristón y retraído, de colegiala conventual en vacaciones.
La ciudad, sin embargo del aspecto de claustro español, que conserva a través de modernizaciones y reformas constantes tiene su hora de bullicio, sus horas locas; la meridiana y la crepuscular. De doce a una del día la agitación de los negocios hierve en las calles céntricas; se desborda con ímpetus de inundación: espuma como agua violenta y enfurecida en el estrecho cause. De seis a siete de la noche, el torrente es más tranquilo, menos ruidoso.
En la invasión inocente y tortuosa, y no higiénica, de la vanidad.
Es un interminable desfile de coches, un collar de cajas lustrosas, de ruedas en movimiento, que recorre lo largo de las calzadas asfaltadas en la estrecha pero principal arteria de la metrópoli.
Los cuadriláteros luminosos de los aparadores prestan sus luces y sus encristaladas fantasías para dar un aspecto feérico al paseo crepuscular. El resto de la vida ciudadana es de recogimiento y soledad. Uno y otra se acentúan, se exacerban, al dar las nueve de la noche las campanas –con sonido de metal nuevo- del reloj de la Catedral. Todas las fachadas han cerrado sus puertas y balcones, como las caras cierran los ojos. Las aceras están solitarias; los tranvías pasan semivacíos; los “simones” dormitan aquí y allá, a la orilla de las banquetas. Una paz religiosa se extiende hasta los más remotos contornos. Sólo en el teatro de las tandas o en alguno de otro café central, o en la esquina del Coliseo, convertida por la situación en paradero de los tranvías, hay gentes fuera de casa. Las demás, que son casi todas, están allá dentro, descabezando, después de una cena silenciosa, la modorra del primer sueño. El vicio es el único que vela en sus perversas correrías.
Así, pues, no sólo es el aspecto colonial el que nos queda: son las costumbres. Cualquiera diría que somos un pueblo laborioso, que rendido por el trabajo, cae en el sopor de la fatiga, el que alegra el alma y repara las fuerzas. No es verdad: somos un pueblo escondido, escogido, bonachón, perezoso. No estamos, por lo general, cansados, cuando entramos por la noche en nuestras casas y cerramos la puerta a la vida exterior con dos vueltas de llave; estamos habituados a hacerlo así; así lo hicieron nuestros bisabuelos, al concluir su rosario o su partida de tresillo, en los dichosos tiempos en que, para caminar por la calle, después de las oraciones nocturnas, era preciso ir santiguándose con la diestra y llevando en la siniestra la linterna sorda que brillaba, como un ojo de enano, en la tiniebla.
Es una existencia soporífera la que llevamos, una existencia rancia, de provincia virreinal en el siglo XVIII. Estamos retrasados doscientos años en los usos sociales. Y esta monotonía, este retraimiento, enmohecen nuestras energías y envejecen y hasta momifican nuestros espíritus.
¿Por qué ha de ser en nosotros artificial y pasajera la dicha de vivir? ¿Qué causas son las que nos obligan a rechazar el sano placer de la comunicación humana, el concierto, tan natural y fructífero y civilizador, de los goces colectivos? Es una herencia fatal, profundamente arraigada en nuestras conciencias. Hay de fijo, en ella, un morbo clerical, cuyo examen no quiero hacer aquí, pero hay también una anemia psíquica que se acentúa cada vez más y que cada día nos hace más débiles y más y que cada día nos hace más débiles y más incapaces para el esfuerzo. Pueblo que no se divierte es pueblo enfermo. Pueblo que no asocia sus goces, que no se comunica la emoción del regocijo, que no se busca después de la cuotidiana tarea para vivir unas horas de amable confraternidad, está en peligro de retrasarse y perecer. Este ensimismamiento mexicano es patológico. Sedimento de raza, quizás, y producto, a la vez, del medio, es, no obstante, curable.-Las clases directoras pueden y deben prestar su eficaz contigente. Las fiestas, las reuniones, los teatros, los paseos, son una necesidad: son más, son una medicina.
Es fuerza sacudir a toda costa este farniente insano. Yo he notado, momento por momento, cómo los síntomas de la clorosis social se hacen más persistentes y agudos. Entre clase y clase entre grupo y grupo, entre familia y familia, entre persona y persona, se abren y amplia las grietas de la insociabilidad. Nos rechazamos; nos tenemos miedo; no nos conocemos. Y de ahí que, cuando transitoriamente nos reunimos, nos mostremos hoscos, permanezcamos callados, desconfiemos de cuanto nos rodea. De ahí que seamos intransigentes, desconfiados; de ahí que no sepamos tener reunión sin disgusto, ni fiesta sin murmuraciones y enemistades. Es que no podemos soportar las primeras molestias del frotamiento social, que son más tarde, cuando a ellas se acostumbra el ánimo, motivo de interés, de reflexión y de necesario conocimiento mundano.
Sentimos, en sociedad, el mismo escozor del selvático que por primera vez se pone ropa sobre las carnes atezadas y curtidas por el sol.
Nos creemos libres en la soledad de nuestra casa, como un primitivo en la soledad de su bosque. Y somos esclavos de la murmuración que susurra malignidades; de la calumnia que propaga desvergüenzas, de la envidia que atisba pecados. Por el ojo de la llave, la malignidad espía intimidades para comentarlas en estrados de callejeros rufianes…
Yo he visto que hay clubs; yo sé que hay ricos; me han dicho que hay palacios; me cuentan que existen teatros. Y, a pesar de todo, lo que no existe es sociabilidad. Muy de tiempo en tiempo, un eco periodístico, reproduce el ruido de una fiesta. Muy de cuando en cuando, se anuncia que van a abrirse estos o aquellos salones. Muy rara ocasión los cronistas tienen oportunidad de decir que un espectáculo culto se ha visto concurrido. En seguida cae sobre la ciudad el silencio beatífico, la calma claustral, la religiosa meditación.
A las diez de la noche cierran los ojos –caras de piedra- las fachadas. Los gendarmes dormitan junto a la linterna que parpadea. La claridad eléctrica se extiende por las calles solitarias. La ciudad comenzó a dormir su sueño de anemia, llena de mística apariciones y de visiones revolucionarias.
1907.
Comentario a "Los niños homicidas"
Una dura crítica a la educación y sobre todo a la sociedad de la época, Urbina se ve confundido después de haber visto en el periódico la noticia de lo que él llama los niños homicidas. La historia lo conmueve debido a que ve que el niño, gracias a lo rápido que quiere ir la sociedad, se convierte en una edad temprana en un hombre por distintas razones, la principal por el dinero y necesidades que carecen. Esta crónica parece ser escrita en nuestros tiempos, debido a que es similar el contexto social en el que esos niños vivían y a los de la actualidad, los niños son inducidos por sus padres a que roben e incluso asesinen ahora los niños pueden formar parte del narcotráfico. La solución es simple, desde la época de Urbina que el mismo remarca, la educación es fundamental para el desarrollo de cualquier nación, pero al parecer él junto con muchos intelectuales mexicanos no son tomados en cuenta en el tema educativo, que aún carece esta sociedad.
"Los niños homicidas".
Entre las noticias de policía, semioculto en el barullo de los chismes y enredos de la gacetilla, me encuentro en un periódico con que ha ingresado en Belem un rapazuelo que en riña hirió a otro, gravemente. Es el nuevo y triste caso de los niños homicidas.
En manos del juez, el caso del niño heridor se convertirá, por obra de la investigación, en un grave delito o en una funesta travesura; pero este sangriento accidente reviste los caracteres de un mal social. Se trata de nuestro modo de vivir y de hacer vivir a los niños.
Los civilizados vivimos una existencia nerviosa, de sobreexcitaciones y locuras, en la que se va ahogando lenta, pero seguramente, el sentido moral. Hay naufragios de ideales en esta borrasca de pasiones, y apenas si el “grupo de los selectos” logra, por instantes, hacernos confiar en una próxima y milagrosa playa de salvación.
La barca de la vida “hace agua”, y para que no se sumerja y nos sepulte en el fondo del mar embravecido, la aligeramos del cargamento que conduce:
la combatida nave
echa al airado mar todo un tesoro
para salvarse en la tormenta grave.
La educación moderna tiende a corregir esta falta de estímulos, colocando en los altares vacíos una imagen de la divina Verdad, que alumbra toda sombra y penetra todo misterio.
Pero la idea clara y completa de la verdad positiva no entra aún en la masa que, no teniendo ya sus viejas creencia, pretende sustituirlas con un ateísmo del bien que cada día la torna más infeliz y más desequilibrada.
Los niños de hoy son hombres pequeños, cuyo desarrollo moral está en abierta contradicción con el desarrollo físico. No entienden bien las cosas; pero las sienten con una enfermiza y pasmosa intensidad. Poseen la sensación sin el pensamiento, y van como unos sonámbulos, sin tropezar sin caer, guiados por una intuición que parece sobrenatural, hacia todos los secretos y abismos de la vida. Forzosamente son imitativos: pero ya su imitación tiene mucho de personal y de propio.
Los niños de ayer jugaban, hasta la puerta de la adolescencia, con muñecos y chucherías. Los de hoy, en plena niñez, juegan con pasiones.
Con todo niño es un primitivo, hay a veces en él, y a la vista de nuestras venganzas, un crecimiento inusitado de odio, mezclado de un brutal deseo de destruir y de hacer daño. Sus travesuras resultan, en ocasiones, monstruosas. Y a medida que vive, se complica su espíritu de todas estas impresiones vivísimas que, a modo de corriente eléctrica, sacuden el organismo social.
Los niños del pueblo son los primeros que se contagian, como que viven en un medio infestado por los miasmas del crimen. En general, las primeras manifestaciones de estos prometidos del presidio son los delitos contra la propiedad. Un niño del pueblo, para graduarse de doctor en homicidios, se examina antes de menores, medianos y máximos del robo: primero es ratero, luego ladrón y en seguida asesino. Su primera embriaguez coincide, por lo regular, con su primera puñalada. Sus padres le aconsejan robar, y lo obligan al hurto; pero cuando sus padres lo dejan, y lo toma el pulque por su cuenta, éste le ordena matar.
Ahora parece que los niños de la clase media pueden ser más peligrosos, porque, su delincuencia, es como una reproducción en miniatura de los delitos refinados. El ejemplo los pervierte también desde muy tiernos, y nuestros desequilibrios y locura los tientan y los provocan a imitarnos. Son unos pasionales mucho antes que ellos hayan floreado y fructificado los sentimientos. Y estos arbustos de savia anémica, pero febril, se pudren en plena primavera.
El vicio los atrapa y los chupa a la salida de la escuela. Nuestro modo de vivir tan libre, tan descreído, tan desenfrenado, los sugestiona.
Nuestros placeres y nuestros dolores son escandalosos; no tienen pizca de vergüenza y van por la calle haciendo algazara.
Da tristeza pensar en esas pobres criaturas, a quienes nosotros, sin quererlo y sin pensarlo, ponemos el primer cigarro en la boca, la primera copa en la mano y el primer odio en el corazón