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José Marti

José Martí

Biografia
Notas

 

“Pudo sacrificarlo todo al solo ideal de ser poeta;

pero antes quiso normas de honrado;

 y el deber y el amor se le agrandaron:

se completaron en la devoción de su tierra.”[1]

 

 

La Habana vio nacer a José Julián Martí y Pérez el 28 de enero de 1853. Sin embargo, Martí pasó los años de su infancia en Valencia, España. Es hasta 1863 cuando regresa a su natal América, mientras acompaña a su padre, Mariano Martí, Capitán Juez Pedáneo del partido territorial de Hanábana, en un viaje a Honduras Británica (actualmente Belice).

 

            A los 16 años, el 19 de enero de 1869, publica su primer escrito político en El Diablo Cojuelo y el mismo año, el 21 de octubre es encarcelado al ser acusado de traición por una carta dirigida a un español disidente.[2]

 

            El 4 de marzo de 1870 es condenado formalmente a seis años de prisión. Gracias a la incidencia de sus padres, ambos españoles, Mariano Martí, valenciano, y Leonor Pérez, de Canarias, su pena es conmutada de prisión a destierro, mismo que pasa en España.

 

            Es difícil hacer un esbozo de los años siguientes en la vida de José Martí. Viajó a México, en 1876, haciendo distintas escalas en París, Liverpool, entre otras grandes ciudades y, al llegar a la capital mexicana, colaboró en el periódico El Socialista, órgano del Gran Círculo Obrero de México. Abandonó la capital poco tiempo después de la llegada de Porfirio Díaz al gobierno de México. Partió hacia la Habana y, ahí, se convirtió en miembro activo del Comité Revolucionario Cubano, del cual fue nombrado vicepresidente en 1879. El 17 de septiembre del mismo año fue detenido por su vinculación con el movimiento insurreccional. Se ordena su deportación a España y él, desacatando la orden, emigra hacia los Estados Unidos.

 

            Es precisamente en Estados Unidos (de 1881 a 1892) en donde Martí desarrolló el género cronístico con mayor ahínco. Al ser corresponsal de distintos periódicos americanos en Nueva York, entre ellos La Nación, de Buenos Aires y La Opinión Nacional, de Venezuela.

 

            En Estados Unidos, logra enriquecer su pensamiento político ante la posibilidad de observar América Latina desde una perspectiva lejana, y es así como su escritura política comienza a desenvolverse desenfadadamente. Es nombrado cónsul de la República Argentina en Nueva York, en 1890. En 1891 publica su conocido ensayo “Nuestra América” en La Revista Ilustrada de Nueva York .

 

            El 24 de marzo de 1893, conoce, en Nueva York, a Rubén Darío, discípulo suyo y Padre del Modernismo. Un año después, viaja a México en donde redacta y firma el plan para levantarse en armas que envía a Cuba. La Guerra de Independencia de Cuba inicia el 24 de febrero de 1895. Es hasta el 11 de abril cuando José Martí logra arrivar a la Isla para participar en el conflicto armado. Desafortunadamente para América y para la literatura, el 19 de mayo es herido de muerte en su primer participación armada contra las tropas enemigas[3].

           

 

 

 

 

 

Notas

 

[1]  Pedro Henríquez Ureña, “Martí” en Ensayos, ALLCA XX/ FCE (Colección Archivos), México: 1998

 

[2] Cabe recordar que la Guerra de los Diez Años contra el poder colonial español en Cuba, había iniciado un año antes, el 10 de octubre de 1868. El español disidente era un supuesto partidario de los ideales cubanos.

 

[3] Ibrahím Hidalgo Paz “Cronología” en José Martí, En Los Estados Unidos, CONACULTA/FCE (Colección Archivos),  España: 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Com.libertad

Comentario a "Libertad, ala de la industria"

 

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La siguiente crónica, de septiembre de 1883, mezcla la grandiosidad del lenguaje que expresa a cada tramo la pluma de José Martí, (sobre todo al inicio, cuando describe la cualidad de la libertad) con la preocupación del mismo por la sobreproducción y en general, por la industria. Así Martí es capaz de generar en su crónica un aspecto poético-social-político. Describe la libertad y nos otorga imágenes y sonidos: “y danza en el circo, entre el befador aplauso de la gente”; posteriormente vienen solo conceptos. Una crónica total, llena de contenido y forma. Llena de estilo modernista y pensamiento político martiano.

 

            En cuanto a su publicación, esta crónica vio la luz en el diario La América de Nueva York.
 

Libertad, alas

 

LIBERTAD, ALA DE LA INDUSTRIA

 

Sin aire, la tierra muere. Sin libertad, como sin aire propio y esencial, nada vive. El pensamiento mismo, tan infatigable y expansivo, sin libertad se recoge afligido, como el alma de una niña pura a la mirada de un deseador de oficio: o se pone albayalde y colorete, como un titiritero, y danza en el circo, entre el befador aplauso de la gente. Como el hueso al cuerpo humano, y el eje a una rueda, y el ala a un pájaro, y el aire al ala,—así es la Libertad la esencia de la vida. Cuanto sin ella se hace es imperfecto. Mientras en mayor grado se la goce, con más flor y más fruto se vive. Es la condición ineludible de toda obra útil.

 

Esto, que en todo es cierto, ¿cómo no ha de serlo en el comercio y en la industria?

 

Declamar, es echar gas al aire. Nada enseña tanto, ni prueba mejor, que un caso concreto.

 

Se han vendido estos días en remate en New York los géneros de algodón sobrantes de la estación anual de consumo, por valor de cuatro millones de pesos. Y se han vendido a precios de ruina, a un veinticinco, a veces a un cincuenta por ciento menos que los precios de fábrica.

 

¿Cómo, se preguntan todos con asombro? ¿Están averiados los géneros? ¿O son de pobre condición? ¿O están fuera de moda? ¿O hay alguna causa financiera extraordinaria, algún pánico en el ramo, que explique la venta?

Nada hay extraordinario: es la situación anormal en que el mantenimiento de la tarifa proteccionista mantiene normalmente a las industrias del país.

 

¿De qué sirve a las inmensas fábricas su capacidad de manufacturar maravillosa suma de géneros? ¿A dónde los envía, luego que está satisfecho el consumo interior, único en que los productos nacionales pueden luchar—por lo alto de los derechos de importación de los artículos extranjeros—con los géneros rivales? ¿Qué hacen los fabricantes con los productos que sobran, que el país ya provisto no necesita, y que no puede enviar afuera? ¿A qué mercado podrán ir a competir los productos norteamericanos caros, hechos con materia prima extranjera importada bajo fuertes derechos, y con maquinaria cara, por gravar la tarifa a la entrada en el país el hierro con que se construye, y con salarios caros, por haber de serlo, para que el trabajador pueda afrontar la general alza de precio, en que, por natural consecuencia, se mantiene todo en un país proteccionista; a qué mercado podrán ir a competir estos productos, con los elaborados en países donde ni la materia prima paga tan exorbitantes derechos, ni el hierro de que se hacen las máquinas padece tan recios gravámenes, ni los salarios, por la baratez general de los artículos de consumo montan a tanto?

 

No pueden ir a competir los productos de un país que mantiene la tarifa alta, con los de países que la han rebajado, y reducido a la suma necesaria para pagar los gastos nacionales, a prorrata con los demás ingresos.

El sobrante, pues, de los artículos de fabricación nacional tiene que imponerse al consumo interior. Pero como este necesita menos de lo que en el interior se produce, él es el que se impone a los productos, que se ven forzados a tentar con una ruinosa baratura en los precios a un mercado que no necesita lo que le ofrecen ni puede colocarlo al detalle a precios normales.

De ahí esa venta enorme de géneros de algodón por cuatro millones de pesos.

Cuanto entra en la fabricación de los géneros de algodón, paga derechos altísimos: se repletan las fábricas de productos invendibles: se queda irremediablemente el obrero sin obra, por cerrarse el mercado a sus productos.

Si pudieran entrar libres de derechos, o con derechos legítimamente fiscales, los elementos de la producción, esta podría hacerse de manera que, costando en la nación misma menos, lo cual para el obrero equivale a un aumento en el salario, pudiera luego ir a rivalizar con los productos similares en mercados extranjeros, lo cual significa para el obrero ocupación constante.

 

A nadie daña tanto el sistema proteccionista como a los trabajadores.

La protección ahoga la industria, hincha los talleres de productos inútiles, altera y descalabra las leyes del comercio, amenaza con una tremenda crisis, crisis de hambre y de ira, a los países en que se mantiene.

Solo la libertad trae consigo la paz y la riqueza.

La América. Nueva York, septiembre de 1883.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Com Botas de papel

Comentario a "Botes de papel"

 

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“Botes de papel” fue publicada en noviembre de 1883 por La América, Nueva York y el 9 de enero de 1884 por La Nación, Buenos Aires. En esta crónica, aunque el estilo formal parece no pertenecer al modernismo, el contenido es lo más apegado al mismo. Martí esboza un viaje similar al que expone Bishop por el Golfo de México, en un barco de papel. Es importante recordar la gran importancia que tuvo dentro del modernismo la noción de libertad, no solo literaria sino “real”. En esta crónica, Martí no expone ningún tema político (aspecto que la crítica utilizó para separarlo en cierta medida de la corriente modernista) directamente. Expone, mediante un viaje ficticio de Bishop que convierte después en uno tangible, una idea de lo que debe ser la educación: “Y pensamos que no hay mejor sistema de educación que aquel que prepara al niño a aprender por sí. Asegúrese a cada hombre el ejercicio de sí propio.”

 

Botes de papel

Botes de papel

 

Anda por las librerías y tuvo éxito en su tiempo, un libro ameno de un viajero osado que de Quebec, en el lejano Canadá, vino en un bote ordinario de madera hasta la ciudad de Troy, a la orilla del Hudson imponente; y allí vio unos botecíllos de papel que pesaban menos que un baúl de señora en viaje a punto de baños, y le parecieron tan bien, que ya no quiso usar su bote de madera, sino que en uno de papel, sin miedo a hielos ni ventiscas, fue a dar al Golfo de México; cuya accidentada travesía narró luego, en ameno lenguaje, en el “Viaje de la canoa de papel”; que así llama a su libro, impreso en la casa de Lee 8 Shephard, Boston, el viajero N. H. Bishop.

 

Corrió el suceso el mundo, con ser menos famoso que otro con que acaban de asombrar a Venezuela ahora unos maracaiberos, que por mar se vin ieron en otro Lotecillo del distante Maracaibo a las alborotadas aguas de la Guayra, a dejar a los pies de Bolívar, como digno de él en la fiesta de su Centenario, el heroico barquichuelo.

 

Pues aquel bote de papel de Bishop no fue una casualidad, ni un mero capricho ; sino el producto regular de una próspera industria. De ese viaje se habló mucho; pero jse sabe acaso que en Troy existe una fábrica de botes de papel,-una fábrica que ha solido ganar al año, haciendo estos botes, cincuenta mil pesos? ¿Se sabe que las bóvedas que coronan varios altos colegios y observatorios de los Estados Unidos, de papel son también, y de la fábrica de botes? ¿Se sabe que en estos instantes mismos la fábrica de Westinghouse, que se anunció en Lu América en el número de septiembre, está montando una de sus ingeniosaa y  sencillas máquinas de vapor en un buque de papel? Pues eso esperan saludar pronto los habitantes felices de las orillas prósperas del Hudn: -un vapor de papel.

 

Ya peina canas el que inventó estos botes, impermeables. ligeros, aeguros, muy usados en regatas, a tal punto, que hay club de remadores que tiene cuarenta de ellos, de precios varios, porque desde 60 pesos hay botes hasta 600 pesos. 

 

Fue el inventor un bravo muchacho que ayudaba a su padre a hacer cajas de cartón para sus potes de tinta y sus siropes, de los que había tan gran consumo que ideó el preparador tener fábrica propia de envases. El muchacho norteamericano de la ciudad no es por cierto modelo  apetecible,-porque el ansia de goces, la facilidad de satisfacerlos y el amor descarnado y desequilibrado de lucro, le relajan las fuerzas, o ae las echan por caminos de aventuras, o no le permiten la necesaria disciplina y desarrollo.-Pero el muchacho campesino, o de ciudad pequeña, que vive en más directo trato con los trabajadores, y ha de esforzarse más en obtener lo que desea,-es noble  specie de hombre, que a singular astucia junta un ciego y grandioso ímpetu, al que nada pone miedo ni coto. Jorge Waters quiso un dia ir de gigante a una fiesta carnavalesca: pero como no llegaban sus pesos a ocho que le pedían por una recia careta de gigante, imaginó hacérsela él, a imitación de una que le prestaron. Y puso lámina de papel sobre lámina, y las moldeó prepujó luego. y tuvo en risa a todo el pueblo con su gran careta; de lo que le quedó tanta fe en la eficacia del papel, que otro día que quiso ralafatear un bote viejo de madera, con papel lo hizo. como su masrarilla de gigante, y le fue bien, y triunfó en mar y en tierra.

 

Quiso luego bote nuevo, y, con ayuda de su padre, fabricó uno tan bueno que. tras muchos años de servicio, aún dura y se llama “El Experimento”.

 

“María Teresa” se llamaba el bote en que hizo Bishop su viaje al Golfo de México. De largo, tenía quince pies; de espesor, un octavo de pulgada; de peso, cincuenta y ocho libras.

 

Y no hay cosa más sencilla que la fabricación de estos botes. Sobre un molde de madera se van tendiendo una sobre otra tantas láminas de papel cuantas requiera el espesor del bote, cortado de manera que ajuste holgadamente en ancho y largo al molde, de modo que al secarse no se encoja. Una vez seco, se saca ya el casco, que es de suyo impermeable. 

 

Se remata el bote, como se pudiera rematar uno de madera; y queda un lindo barquichuelo,* liso, ligero, airoso, apto para recibir cualquier barniz o pintura, fuerte, menos susceptible que los de madera a la acción del frío o del calor,-por ser el papel un no-conductor cxcelente,-  J sin costura ninguna ni clavo que raje la madera, ni intersticio de ningún otro orden, lo cual lo salva de hacer agua, del quebranto y m paración de los cinchos y tablas, y del hundimiento. El casco de la lancha de vapor, a que pone ahora máquina la fábrica de Westinghouse, es ya más complicado, y se ha hecho en doa mitades unidas por la quilla. Es un hermoso bote de recreo; más no nos parece que se le pueda dar tan segura aplicación como a los botes pequeños de remos. 

 

 

Nos parece ver, al cerrar estas noticias curiosas, el rostro fresco J atrevido del muchachuelo que modeló su cara de gigante. Recordamos a Peter Cooper, que de nadie recibió instrucción mecánica, y reformó laa máquinas de vapor, y halló aparatos para vaciar las montañas. Y pensamos que no hay mejor sistema de educación que aquel que prepara niño a aprender por sí. 

 

Asegúrese a cada hombre el ejercicio de si propio.

 

Si sólo para apoyar esta verdad hubieran servido-ya no habría sido inútil la influencia de los botes de papel. 

 

La América. Nueva York, noviembre de 1883

 

Com. Los vendedores de diarios

Comentario a "Los vendedores de diarios"

 

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El Economista Americano, Nueva York, octubre de 1888. Año de la publicación de Azul de Rubén Darío. Año de la consagración del Modernismo. Se publica en el diario mencionado la siguiente crónica que, a mi parecer, conjuga todo el potencial del lenguaje majestuoso de José Martí. En ella, logra entrecruzar historias sin generar desconcierto en el lector. De una sola pasada describe la situación de los edificios ostentosos de gente rica y la situación de los niños huérfanos que son explotados. Generar historias y críticas dentro de un mismo hilo conductor, nos habla de un manejo de la palabra propio de los alcances modernistas. Además, Martí hace una crítica al capitalismo en un diario dedicado a la economía. Entonces, en la crónica encontramos antítesis clasistas y críticas políticas. Una crónica magnífica que al final nos deja una conclusión: “y el capital triunfa”.

Los vendedores de diario

Los vendedores de diarios

 

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Com Acrta de verano

Comentario a "Cartas de verano.- En las montañas"

 

 

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En la siguiente crónica, que apareció en el diario La Nación el 29 de agosto de 1890, José Martí nos guía a través de los viajes de montaña de su tiempo. Increíblemente, la mayor parte de la descripción del mismo, no la ocupa la descripción de la montaña, sino la de los personajes que suben a disfrutar de los lugares altos. Describe a “generales cansados de mandar”; a clérigos, abogados y cómicos. Martí pinta a la montaña como un lugar de catarsis y libertad, a la manera romántica. Es capaz de realizar, con un estilo tan libre como la montaña, un viaje por el uso del lenguaje.

 

Cata de verano

Cartas de verano.- En las montañas

 

 

 

Nueva York, Agosto 29 de ~1890

Señor Director de La Nación:

 

Van los alegres a las playas, buscando aventuras; pero el mar no acomoda con sus palacios bullangueros a la gente tranquila, ni es el aire de la costa como el de la montaña para criar hijos ágiles y resueltos, para leer a la luz blanda los libros sobre la naturaleza, para calafatear los pulmones agujereados, para calmar, con la salud del mundo, el espíritu doliente. Allá donde no pueden subir las alas de los pájaros, crecen las del hombre. El espíritu sube con el aire que sube. A las montanas de Shawangunk va la nobleza religiosa; a las de Adirondack, esos otros nobles, los moribundos; a las de Catskill, los que tienen sed de lo natural: y quieren agua de cascada y techo de hojas, a las de Yosemite, los que han oído hablar de sus nubes carmesies, de sus cañones de verde esmeralda, de sus rocas, erguidas como guerreros, ya mano al cinto ya pie  adelante para arremeter, ya pie atrás para morir, en Ja .falda de la montaña maternal, como murió Yosemite, el de manto de plumas amarillas, como murió, con su corona de plumas de águila, el cacique Teuaya. Y “de lo alto dei cielo” caen las cascadas, como polvo o encaje, en el valle de flores. Los montes de Shawangunk tienen ahora más fama

que antes, porque desde que el pecado entró en Asbury Park, que era el asilo divino, desde que un clérigo trajo, escondido en la barba, un frasco de whisky, desde que un domingo le timaron todo su caudal a un reverendo, desde qne un patrón de la iglesia anduvo por tales rincones que cuando lo sacaron a la vergüenza, no supo qué decir, y dijo que lo habían hipnotizado,-lo más puro y lo más ceremonioso de la cristiandad se va al lago de Mohonk, donde no se juega la baraja ni siquiera en familia, ni se sale a la calle en domingo, ni se enciende luz después de las diez de la noche, ni se baila, ni se bebe. Y dicen que no es por eso el lugar menos apetecido, porque los hoteles de Shawangunk están entre el boscaje, con grandes techos rojos. Y pululan las parejas por los trillos del monte, recogiendo hojas del castaño español, para comerles la carne a golpe de cepillo, sin dejarles más verde que lo cubierto al medio por las iniciales recortadas en papel, que son siempre dos, y siempre juntas. Y el lago, por las maÍtanas, es como los de Cachemira, cargado de botes, que se topan riendo, y se visitan, y se meten por lo sombrío de la orilla, y se cambian rosas; y aun se oyen chasquidos de debajo de las grutas, que dicen que son las piñas del pinar, nada más que las piñas que revientan con el calor del sol. Por’ la noche en la asamblea de los colgadizos, de verdad es como una pajarera: los colibríes hablan del juego de volante; las tórtolas, con su arrullo de madre, habían de los vicios de los cristianos, que ea lástima que sean tantos en el pueblo vecino, en la casa vecina, en el otro eztremo del colgadizo: el gavilán habla de la revisión del credo, de que a las nueve se ha de ,apagar la luz, porque a las diez es mucha licencia, de que lo del converso Sam Jones ea lo justo, “que a la gente hay que traerla a la iglesia, aunque para hacerla ir se tenga que anunciar una pelea de perros, y uno de los perros sea el clérigo mismo”: los ruiseñores, con su ceñidor de seda colorada, se pavonean entre las rosas.

 

A los Adirondacks, que el pujante San Lorenzo lame respetuoso, va el ético desvanecido que cree en el milagro, desde que fue allí como una hoja de yerba el escocés Stevenson, que es de los pocos que escriben en este mundo de hoy, y salió con alientos para componer la invectiva admirable e injusta contra los reverendos panzudos de Honolulú, para quienes el leproso Damien era hombre de más púas que méritos y desaseo que abnegación, terco y maligno como un rucio, y algo así como un sargento de sotana. A los pinares, buenos para la voz, se van los generales cansados de mandar, los oradores de sobremesa, a que les vuelva a la garganta la melodía, los clérigos, los cómicos, los abogados. Se meten por donde anda el oso. Comen pan de centeno. Beben, en el cazo de madera, la leche espumante.

 

Catskill es una gloria, bien se vaya adonde el bullicio, allá en los hoteles que dan, colosales balcones, sobre ei alle el Hudson, bien busque casa juiciosa el veraneador en los pueblos amenos de las cuchillas, o en los caseríos que blanquean la floresta tupida de las cañadas. De bordón y morral se puede ir, orillando los arroyos de truchas, por aquellos poblados limpios y humildes, de donde en frondosas laderas, rotas allá y acá hasta la tierra viva por un zarpazo del vendaval, se levantan los montes, aspados o redondos, con su plumero de nubes. Jadeando cuesta arriba, y como si se secase el sudor, viene, con el tren a la zaga, la locomotora, que se para un instante a beber en el lago, y luego con el empuje de su peso, rueda veloz sobre el valle vecino. Atrás, como tierra conquistada, durmiendo en la sombra, quedan los montes menores tendidos sobre el brazo o arrebujados en su arboleda, o sentados en cuclillas, junto al pueblo encendido. Se pone la tempestad; azota al carricoche el viento, lo apedrea la lluvia. Y cuando el viajero, en el cielo claro, pone el pie en la casita blanca del pinar, las señoras, en sus trajes de seda, le traen, orlado de hojas de álamo, un cesto de frutas.

 

En la cresta del monte, sujeto a tierra con cables de alambre para que no lo eche roca abajo el viento, se empina el Kaaterskill, que más que hotel es ciudad, donde acude, con trenes y caballos, lo pomposo de la gente judra. De dosel tiene el cíelo, y de panorama el valle sublime, ya fino y coloreado, allá en la estupenda hondura, co11 los cuadros de bosque espeso y las listas del maíz, corriendo al río brumoso por entre amarillos y púrpuras, ya en súbita cerrazón, revuelto y negro, como un mar de nubes. Los vientos, ligeros, arrollan la niebla, la empujan de un lado, la echan, despedazada, sobre la falda del monte, la dejan, colgando, de las ramas de los pinos; y brilla por entre las grietas de la nubazón el valle azul y rosa.

 

Allí, a ver el Hudson, que baja, gigante, por su cauce de leguas, barbudo y braceador, vienen de sol a sol, en carruajes y a pie, los veraneadores de los hoteles y pueblos de la montaña. De Tannersville viene allí la muchedumbre hebrea, que ama la ostentación y el ruido, y no conoce la dicha de vivir ignorada, sino que sale de paseo con cuerno y charanga, y va como codeando al aire, y echándolo del camino.

 

De la casa de la cascada vienen allí, la casa de los laureles, con la herradura de granito al pie, por donde, hinchada con la tormenta del amnnecer, baja, plateando el follaje, prendido a los muros, el agua fragorosa del Kaaterskíll, que en polvo y espuma se pierde en pedregales del barranco, entre árboles y puentes rústicos: y en el aire, como alfanjes, 10s arcos del iris. De Edgewood, el retiro amable, vienen de gorra y polaina los poetas de Onteora, el pueblo privado, donde no se entra sin licencia, y vive mucho músico y escritor, en casa de troncos, metida en los pinos: de Twilíght Park, que es un sueño de hermoso, con su pórtico de ramas de abedul, sobre la boca de las cataratas mismas; au rebaño de casas rojas, agrupadas, aquí y allá, alrededor de la casa del club; sus sendas de piedra natural, que culebrean por la ladera, sobre arroyos y céspedes, de una casa a otra.  

 

Familia de casas parece el parque, que es todo de amigos, donde las visitas entran y salen, a’ gozar en libertad de la hermosura del bosque, pero no vive sino quien tiene casa suya, o va con quien la tiene. Tres años hace, era selva firme la falda del pico, hasta que la compró, a diez pesos el acre, un periodista que abogaba contra la  propiedad de la tierra. Con lo que le puso un hermano, y lo que le dieron de hipoteca, pagó la compra, y empezó el clareo. El pórtico, con sus manos lo hizo, y las de un montañés, con los abetos que iban derribando. A  hachazos en la espesura iban marcando el camino.

 

 

Lo primero fue levantar la casa del club, y su colgadizo. Los que comprasen tierra alrededor, y alzaran casa, harían fuego en su estufa, o vendrían a comer, por siete pesos semanales, a la mesa del club. Diez vinieron de primera visita, generales, banqueros, reverendos, médicos, litógrafos, y los diez compraron. Con lo que pagaban de renta en cualquier pueblo veraniego, pagarían allí mes a mes la casita nueva, entre flamenca y japonesa, a la compañía edificadora.

 

El cuarto de acre, se gana en un buen día+ Allí tendrán los hijos donde correr, donde respirar, donde meterse de bravos por el bosque nuevo, donde perderse, a pasar hambre y sed, donde abrir, a mano viva, caminos en la selva, donde amar, como hermanos, a los árboles, donde dormir al aire libre, en la corona del monte. Poseer ¿no es crecer? Y la mujer vendrá allí, sin celos ni rasos, a vivir en la verdad mientras hay verde en el mundo, a esperar todos los sábados, con el coro de hijos, al marido trabajador, a recoger, como el diamante, para cuando venga el invierno, los rayos de luz. En quince días, lista la casa.

 

Con lo mucho que se fue vendiendo, se apresó y encañó el agua, se tajaron alamedas en la selva virgen, se levantaron, de cara al valle, las casitas de troncos. 

 

Y a los tres años, cincuenta casas se juntan alegres, a la hora de comer, en los corredores del club; corren las criaturas voceando e inventando: uno cabalga en el mulo, y se descuelga por las orejas; otro encamina un arroyuelo, y con el agua hace andar una rueda; otro va a la clase de botánica, cargado de helechos y de campanillas. 0 es la hora del dihujo, y las que toman lecciones del pintor, salen al puente, o al molino viejo, a copiar de la naturaleza con lápiz o con aguadas. 0 hay jira para subir al monte, y va el pueblo entero, con el lunch en las cestas, fiando el agua a lo que den los manantiales. 0 la tarde es de oro, y se va, con la yerba a la rodillat cogiendo moras maduras, a ver morir la luz: desde la roca de la puesta. 0 en camas de hojas secas, al calor de un fuego de leño+ se duerme eu la cumbre, después de a cena campestre, para ver, sobre Iw picos y lagos de la altura, la primera llamarada de la aurora.

 

 

Y si llueve , iqué gusto, y que algazara en el club, cuando todos van viniendo, !os hombres como hoja nueva, las madres encapuchadas en el impermeable, las criaturas aleteando y riendo, ‘el matrimonio de los abuelitos ¿e brazo bajo el paraguas, ayudándose uno al otro como por toda la vida! El hermano, porque su hermana no tiene firme el pie, la trae en brazos. El general viene de botas, con el calzón metido por los bordes, y la lluvia ayéndole del casquete. La madre de la cachucha, entra, echando el agua atrás con la visera, con sus dos cachuchitas de la mano. Los del boliche llegan corriendo; los del volante traen al brazo la chaqueta de colores; el médico, de chaleco negro y botín de charol, echa cuentos de un corrillo a otro; un cónsul habla de indios; al reverendo le corre el agua por la calva; el tirolés, que trae el arpa para el baile, endereza la pluma verde del sombrero; el cómico petimetre, que vino a declamar en la fiesta del sábado, se sacude el leviton de paño perla; una nuera de ojos negros, trae arropada a su suegra paralítica; el pintor, de barba marcial, viene fumando en su pipa, sin abrigo ni paraguas. Y cuando acaba la risueña comida, sobre las barandas rústicas briila, limpio, el sol. 

 

La Nación. Buenos Aires. 2 de noviembre de 1890

 

 

 

 

 

 

Com Dos damas

Comentario a "Dos damas norteamericanas"

 

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Plasma aquí un esbozo de la mujer de América Latina y Sajona; expresa su admiración y respeto por las mujeres. Es posible insertar esta crónica dentro del modernismo por la manera en la que describe la ternura de la mujer. Una verdadera oda poética en prosa: “Brillan por su ternura generosa, verdadera fuentes de vida para aquellos a quienes aman”

            Sin embargo, no es un sentimiento desbordado (que pertenecería más a un estilo romántico), sino uno contenido. Habla de su ternura y después describe su labor esencial en el acontecer social Una crónica que nuevamente, al estilo martiano, conjuga lenguaje y sociedad.

Dos damas nortea

Dos damas norteamericanas

 

 

Brillan por su ternura generosa, verdadera fuente de vida para aquellos a quienes aman, las mujeres de nuestra América:—y por su brío viril y sensatez, a veces descarnada y excesiva, las mujeres de la América Sajona.

 

Aquel caudal de aguas perennemente jóvenes que a las entrañas de la selva quisieron arrancar los bravos conquistadores de la Florida, renace perfumado y fresco en el alma de cada mujer de Hispanoamérica; aunque a veces lo turben, ricen con violencia, y tuerzan, vientos norteamericanos y franceses.—Tesoros tiene Golconda; pero ninguno mejor que un alma tierna.

 

Ahora nos salen al paso en los periódicos del día, dos buenos tipos de dama norteamericana, en quienes las dulces piedades de la casa han embellecido el enérgico empleo de la razón. La una es Lydia Pinkham, cuyo retrato, como muestra de marca de la panacea de que es inventora, figura, con su modesto y severo aire cuáquero, en todos los periódicos importantes de la Tierra, en el Journal de St. Petersburg como en el Sun de esta ciudad, que fustiga a los rateros de las aduanas y puestos públicos, celebra a los atletas y se vende por millones. La otra es la esposa de Washington Roebling, el ingeniero eminente que con empuje sobrehumano y consagración heroica ha hecho surgir, alambre a alambre y piedra a piedra, de su cerebro encendido, movedor inquieto de un cuerpo casi muerto, el colosal puente de Brooklyn.—Las ideas son las riendas de las piedras.

 

Lydia Pynkham, que acaba de morir a los 64 años, inventó una buena medicina vegetal, y la tuvo como escondida años enteros, dándola solo a las personas de su conocimiento que la hubiesen menester, hasta que al cabo, ya rayana de los sesenta años, organiza tal empresa para la propagación y venta de su medicina, que es cosa cierta que solo en anunciarla gastaba al año $200 000.―Y desde su sillón de paralítica, dirigió siempre, con próspera fortuna, la formidable empresa.

 

El primer carruaje que cruzó el puente de Brooklyn, fue, en justo premio a su noble carácter y merecimientos, el de la Sra. Roebling.―No bien le trajeron—desde la caverna de aire comprimido donde dirigía la excavación de los cimientos de una de las torres del puente—a su marido, fatalmente enfermo, ida al cerebro, no por eso menos seguro, toda la sangre de la piel en fuga del aire comprimido, —la buena dama, celosa de la gloria de su esposo, y del bienestar de su hogar, se dio con tal empeño a estudiar las artes del hierro y la mecánica, para aliviar en sus labores, y suplir a veces, al noble inválido, que de entonces acá no ha habido lance difícil en la construcción del puente en que la Sra. Roebling, sentada al lado de su enfermo en la hora de los cónclaves de ingenieros, no haya tenido voto.―Y hubo vez en que sus manos delicadas enseñaron a hombres fornidos a fabricar mejor el acero. 

 

Pero de estas hazañas en metales nobles, ninguna le vale más pro que la de haber mantenido a buen temple, en su trémulo cuerpo, el alma de su esposo egregio. Construir: he ahí la gran labor del hombre:—consolar, que es dar fuerzas para construir: he ahí la gran labor de las mujeres.

La América. Nueva York, junio de 1883. 

 

Universidad Nacional Autónoma de México

Facultad de Filosofía y Letras

Colegio de Letras Hispánicas

Literatura Iberoamericana III

Profesora: Dra. Esther Martínez Luna

Adjunta: Zyanya I. López Meneses

Abril Beltran Balderas

Jesica Fernanda Ayala Mosqueda

Fernando Castillo Valdéz

Marcos Gabriel Ramiréz Fernandéz

Tzamn Xchel Miranda Cortés

 

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