Enrrique Gómez Carrillo

Nació el 27 de febrero de 1873 en Guatemala, de padres españoles. Inició su carrera periodística en 1889, con una columna en El imparcial recomendado por Manuel Coronel Matus. Posteriormente colabora para El correo de la tarde, del que fuese director Rubén Darío. Después de su trabajo allí, Gómez Carrillo es recomendado al presidente, Manuel Lisandro Barillas para que se le otorgara una beca de estudio en España. En lugar de ir a España decide dirigirse a París, en donde conocerá a varios escritores franceses como Verlaine, Moréas, Leconte de Lisle y al inglés Oscar Wilde. En 1891 Cuando el gobierno de Guatemala se da cuenta de que Carrillo no está en España, el escritor se ve obligado a dirigirse a Madrid.
En Madrid publica su primer libro: Esquisses, con semblanzas de escritores de la época. Pasa unos años en allí, pero decide volver a París, para seguir publicando en prensa, aunque siempre en español. En 1895 es nombrado parte de la Real Academia Española.
Se inicia en la política siendo portavoz del presidente Manuel Estrada Cabrera, con lo que se gana ser cónsul de Guatemala en París, donde llevará una vida cómoda con su sueldo de diplomático. En esa época publica una novela de folletín llamada Bohemia sentimental, en el periódico La idea liberal. Escribe también crónicas, en el periódico español El Liberal, de 1899 a 1920. No sólo publica en España, sino también en Buenos Aires y en Cuba. El otro periódico importante español donde publicará es el ABC de 1921 a 1927.
Los viajes que realizó durante su vida, fueron una fuente de inspiración para sus escritos. En 1905 viaja a Rusia, de la cual escribe su libro La Rusia Actual. Después de aquí viajará a Japón y China, de donde se inspirarán los libros De Marsella a Tokio y El Alma Japonesa. Otro viaje importante es el que realiza a Tierra Santa en 1913, y de él escribe Jerusalén y la Tierra Santa.
Además de la crónica, también practicó el género ensayístico y la narrativa con publicaciones como Sensaciones de arte, Tres novelas inmorales: Del amor, del dolor y del vicio, El evangelio del amor, Literatura extranjera, El modernismo, Literaturas exóticas, Safo, Friné y otras seductoras, Las cien obras maestras de la literatura universal, entre otros escritos.
Muere un 27 de noviembre de 1927 en París y sus restos se hallan en el Cementerio de Père Lachaise.
Comentario a "De Marsella a Tokio. Paisajes y emociones"
La crónica “Paisajes y emociones” de Enrique Gómez Carrillo, se ha elegido por ser un ejemplo del tópico de viaje pero distinto; ya que Carrillo siempre nos narra cuando ya ha llegado al destino de su viaje. En cambio en esta crónica vemos la reseña del desplazamiento dentro del barco.
Comienza haciendo el relato de la noche en el barco, con un tono melancólico, pero con descripciones preciosistas, mencionando pianos y acordeones además de equiparar al mar con una joya: el zafiro. El escritor trasmite una atmosfera melancólica producida por el alejamiento lento de ese barco; el ritmo del texto por lo tanto es lento. Además de que para aumentar esta melancolía, se mencionan colores oscuros, que ayudan a esa atmosfera triste.
El barco puede verse como una ciudad flotante, donde conviven muchas personas, sobre todo marineros. La crónica no prescinde de las referencias griegas, ni orientales. Las griegas se ven cuando se equipara a los marineros del barco, con los marineros acompañantes de Ulises en la Odisea. Y las orientales se mencionan constantemente, debido a que el barco se dirige justo hacia oriente.
De Marsella a Tokio.
Paisajes y emociones
I
Para .M. Martín Fernándcz ,
Todas las noches, después de la cena, al mismo tiempo que en el piano del salón una mano blanca despierta elegantes nostalgias parisienses, allá en el otro extremo del barco, en la lejana proa poblada de marineros, un acordeón muy viejo se estira entre manos negras de carbón. Y poco á poco, bajo las estrellas parpadeantes, en la quietud fresca de la hora, en el bienestar de la labor cumplida; poco á poco, a medida que la sombra aumenta y que la brisa acelera su vuelo ; poco á poco, los bronceados tripulantes se olvidan de que ya la tierra de Europa está lejos ; y embriagándose en ritmos tradicionales vuelven con la imaginación á la playa natal...¿Marsella?... Marsella ó Liorna, Nápoles ó Valencia, Palermo ó Génova, Tolón ó Barcelona, lo mismo da. A medida que los hombres se alejan, sus patrias se agrandan.
La raza rompe las barreras políticas. La poesía del cielo, del clima, une á aquellos que se encuentran desunidos por la ley. Y así como en los mares del Norte, entre las brumas heladas, los marinos de Bretaña, de Irlanda y de Escandinavia se abrazan cantando los mismos cantares de muerte, así aquí, en los confines del mar divino , los hijos de Provenza, de Cataluña y de Cerdeña fraternizan en un canto de vida, de alegría.
j El cantar de los marineros ! Basta con oírlo una vez para comprender todo lo que encierra y lodo lo que representa.
Tierra adentro se dice que la historia de los can tos populares es la historia de las civilizaciones. En las playas puede decirse más: puede decirse que los cantares son la verdadera patria de los marinos, lo único que no se separa de ellos, lo que, en los buenos como en los malos instantes, les habla del hogar, algo como una telegrafía que mantiene en contacto sus almas con las almas que se quedan en la costa. Así, estas coplas que yo oigo por las noches en la proa, son las mismas que cantan en las tabernas del puerto viejo de Marsella y en las de Barcelona y en las de Génova,
« En cada una de las ciudades que componen esa especie de confederación mediterránea, más antigua que Tiro y los fenicios - dice Cautineli - el marino encuentra las mismas costumbres y con las mismas palabras pide lo que necesita: el carbón, los víveres,' el aguardiente, el amor. Por todas partes son las mismas cosas, tomates, pimientos, aceitunas, naranjas; los mismos vinos espesos y perfumados; los mismos besos de fuego. Es la raza astuta, alegre, de la Odisea, siempre la misma. » Y esto que el erudito descubre estudiando y que el viajero comprende observando, el poeta lo adivina con sólo oir unas cuantas canciones. En efecto, es la misma raza aventurera, regocijada, irreverente y voluptuosa de los compañeros de Ulises. En sus coplas, nada de quejas, nada de brumas. nada de melancolías. Nunca una estrofa mística. El ciclo para ellos es esa cortinaazul.
En cuanto al infierno, que tan gran papel desempeña en los cantares del Norte, aquí está encarnado en los ojos morenos en que se incendian las almas.
¡ Cómo ríen, cómo vi ven estas coplas que acompaña el acordeón provenzal ! Es la musa pagana, la de los griegos sanos y voluptuosos, la que las inspira.
Oid:
«.Nuestro cura sin cesar - al púlpito sube para gritar - contra la pereza y la gu1a. - Yo tiemblo sólo de oirlo. - ¡ Qué bien le va hablar así - él que está redondo, redondo - él que tiene siete papadas - él que duerme en cama de plumas - él que posee ama y sobrina - él que hasta en la nariz lleva un soberbio pimiento con aceite! ... »
Y todos ríen cantando en coro; y el acordeón también ríe. Es una fiesta aristofanesca, con olor de ajo y de vino, en la que, si una idea triste se presenta, en el acto se la barre con un gran soplo de vida alegre.
« El invierno en las cuerdas muge - pero en verano el sudor nos inunda; - todo es penar, hermanos, todo; - por eso allí está la taberna - que es la casa de Ja dicha - con sus muchachas sinvergüenzonas - con su patrón que da fiado - con su vinillo condenado - y con sus banquillos para tirárselos á la cabeza al que haga trampas ; - ¡ vengan las barajas, venga el vino! )) ...
Esto, en la lengua gorjeantede los provenzales, suena á poesía antigua.
II
¿Qué se han hecho mis deliciosas compañeras de viaje? Las esbeltas capitanas y las majestuosas comandantas, las sonrientes hijas de los señores procónsules coloniales, las albas compañeras de los viajantes opulentos, ¿qué se han hecho? ...
"le acuerdo que en Marsella, la tarde de nuestra partida, subieron por la escalera de estribor con esbelteces de estatuas y ligerezas de pájaros. ¡ Qué bien se veía que estaban orgullosas de embarcarse en un buque de los que van más lejos, en un buquee de la carrera de la China y del Japón, en un buque acostumbrado á escapar á la mousson de 1 Océano índico y á los tifones del mar amarillo ! Sus pupilas se dilataban de placer y en sus labios una sonrisa decía el orgullo íntimo.
Luego, el adiós supremo de los pañuelos...
Luego, la sorpresa de la hélice que palpita....
Luego, el ensueño. ¡Y qué bonitas estaban ensus sillas de bambú, envueltas en la luz púrpura del crepúsculo! En apariencia, contemplaban el mar, el cielo, la costa que disminuía. En realidad, se contemplaban á sí mismas, y viéndose en un caso tan grave, ante la perspectiva de un aleja miento tan largo, enternecíanse de sí propias. Se enternecían y se admiraban. Y eran, mezcladas en sus almas de muñecas, rápidas alegrías y fugaces penas y orgullos, muchos orgullos, y también curiosidades, también temores y también nostalgias.
- ¡Ah!¡ París!. ..
- ¿Y allá lejos?
La campana que anunció la primera comida á bordo, las sorprendió en sus soñaciones llenas de preguntas al porvenir y de suspiros al pasado.
El mar parecía un lago. Todo el mundo lo decía. - Se mueve esto menos que un ferrocarril, ¿ no es cierto ?
Una ola contestó. Era una ola irreverente. El barco entero se detuvo un centésimo de segundo; la proa salió del agua; la hélice, más que antes, palpitó. Algunos minutos más tarde, otra sacudida. Luego, otra, otra, otra.
Ya ninguna boca linda se abrió. En las mejillas, una palidez general reinaba. Al fin, una dama se levantó. Las demás, rápidamente, la siguieron. Las sillas largas del puente viéronse de nuevo ocupadas, pero ya no de siluetas soñadoras y sonrientes, ya no de esbeltas figulinas de París, sino de lamentables fantasmas lívidos.
Y desde entonces - ¡ oh , cuán largo es el tiempo sin sonrisas! - desde entonces los velos espesos han cubierto aquellos rostros tan lindos, y grandes mantas ridículas han envuelto los cuerpos mareados.
III
Ya la tierra francesa había desaparecido en el fondo. Estábamos en la copa de azul sin mancha, en la copa de esmalte, entre el cielo, que era un zafiro etéreo, y el mar, un zafiro líquido.
De pronto, un oficial vino á sentarse ante un velador vecino del mío. Era un hombre pálido, flaco, de grandes ojos febriles y de manos descarnadas. Al cabo de pocos minutos llegó otro. Luego otro y otros. Yo estaba sitiado y por fuerza tenía que oir.
- Hermoso tiempo – dijo uno.
Los demás contemplaron el horizonte sin pronunciar una palabra .
Al cabo de unos minutos, otro preguntó :
- ¿ Nada de nuevo ? ...
Y como en la mañana, al pasar frente á las costas de Córcega, un telégrafo marino había hecho largas señas á nuestro bordo, yo temí los comentarios. Aquellos militares tenían que figurarse que en el diálogo de las banderolas se' hablaba de paz, Je guerra, de conferencias y ele Marruecos. En tiempos como éste, nerviosos en extremo, los que desean grandes conflictos europeos viven ávidos de discursos llenos de exageraciones. En París, en los círculos militares, la efervescencia ante cada noticia es extraordinaria.
Pero mis oficiales de a bordo parecen de una raza diferente. Ni aquel primer día, en que me encontré entre ellos en el fumoir, ni ninguno de los siguientes, han hablado de guerra ó de diplomacia, de Delcassé ó de Bulow. Más aún : ni de Europa ni de Francia han hablado. Con los ojos fijos en el horizonte, contemplando el sol que nace, las nubes que corren, las ondas que se encrespan, el poniente que se incendia, fuman largas pipas y sueñan. Sus rostros lívidos, en los cuales las fiebres tropicales han puesto una infinita melancolía, no se animan sino en la noche, á la luz de las estrellas. Entonces, en grupos estrechos, fumando siempre, siempre graves, hablan, hablan mucho, pero sin mucha prisa, y se dicen cosas singulares de países extraordinarios.
Un compañero me ha explicado:
- Es - me ha dicho - que estos militares no se parecen á los orgullosos señores de la oficialidad parisiense. Son soldados de las tropas coloniales. Han hecho sus carreras en tierras africanas, mandando á los rudos senegaleses, ó en los confines del Anam , entre la hostilidad de los pueblos asiáticos. Han sufrido mucho. Han trabajado mucho. Cada tres años, enfermos, sin vida, sin aliento, tienen una licencia de diez meses para irá curarse á Francia. Pero son pocos los que la aprovechan entera. En cuanto las disenterías y las fiebres desaparecen, siéntense deseosos de abandonar de nuevo la metrópoli para correr hacia las tierras lejanas. Europa les parece estrecha. Así, no tiene usted más que contemplar á estos compañeros de viaje : sus rostros expresan lo contrario de la nostalgia, el deseo de huir de las ciudades civilizadas, de perderse en espacios inmensos, de correr peligros y de descubrir tierras.
En efecto. Animados por un soplo del antiguo huracán que dispersó antaño sobre la faz de las tierras desconocidas á los grandes aventureros portugueses y españoles, estos coloniales nuevos. Franceses, alemanes é ingleses, sueñan en empresas de epopeyas. El uniforme les viene estrecho. Más que oficiales de un ejército, son cultiva dores de una quimera. Ninguna ambición positiva y personal los guía. Viajan por viajar, sufren por sufrir. Y el único premio que obtienen al final de sus vidas, cuando ya muy viejos van á cuidar sus fiebres perpetuas y sus rudos reumatismos en sus aldeas natales, es poder contar, en las largas veladas de invierno, mientras la nieve azota sus ventanas, historias admirables de tierras tropicales donde las palmeras son gigantescos para soles bajo el astro monstruoso.
IV
Es está cosmópolis flotante, entre los egipcios de perfiles de ave de presa y los indos de grandes ojos ojerosos, entre los japoneses cortos de talle y los anamitas femeniles, un personaje singular, suntuoso, grave y enigmático, interesa especial mente. Los oficiales franceses se acercan á él con respeto, y los niños, viéndole desde lejos, abren sus bocas deliciosas.
Es un chino.
Pero no es un chino vulgar, un mercader, un banquero, no, ni siquiera un diplomático, sino un sabio chino, un chino doctoral, un chino que si no fuera imponente, sería caricaturesco. Su túnica negra, cubierta de dibujos áureos, deja descubiertos los pies descalzos. Sus lentes son redon dos, como los que, en los retratos de Quevedo, miran con insolencia ; pero muchísimo más gran des. Su trenza, en fin, su blanca trenza encanecida por el estudio, es una cola de rata interminable.
Se llama Ta-Yen.
Por la mañana, muy temprano, atraviesa solemnemente los corredores y va á refugiarse en un saloncillo algo obscuro de la popa. Un criado le sigue, llevando siempre sobre la cabeza hasta veinte infolios cubiertos de pergamino. Y el trabajo principia. El sabio estudia.
De vez en cuando, al ver entrará algún curioso, cierra el libro que lee; sonríe, se incorpora, pregunta.
- ¿De dónde es usted?
Y con una voz fina y gorjeante, como cantando, habla. Tedas las lenguas europeas parecen serle familiares. Habla inglés, habla francés, habla italiano, habla portugués, habla español.
- El español es el que más he estudiado - me dijo el primer día que fuí á visitarle.
Luego, en buen castellano, me explicó por qué. - Porque estoy preparando una obra en la cual hablo de que la América toda fué quizás descubierta no por Cristóbal Colón, sino por un navegante chino, un Colón amarillo.
Sin duda mi rostro indicó algún asombro irónico, pues Ta-Yen, siempre afable, se tomó el trabajo de explicarme que no se trata de una nove dad, sino de una idea muy antigua y muy conocida.
- Ya en los Estados Unidos - me dijo - el sabio Mastcrs ha publicado fragmentos de los doscientos treinta primeros volúmenes del Yuen Kin-Lui-Han ó enciclopedia china. Esos fragmentos establecen que, desde hace siglos, mis compatriotas están convencidos de haber descubierto Méjico. En todas las escuelas del imperio se estudia además una parte de otro libro, el lren llien-Tonq-Kao, que habla de eso como de un dogma científico, y hasta traza el itinerario que siguieron nuestros descubridores y que fué el siguiente: el golfo Je Logo Tong, las tierras coreas, las islas del Japón, las islas Kuriles, las nieves de Alaska, el Oregón, la California y Méjico. En un principio, todas las tierras del Nuevo Mundo se conocieron, entre los geógrafos chinos, con el nombre general de imperio de Fu-San. En las leyendas antiguas, los poetas hablan Je aquel imperio, como los europeos hablaron más tarde del Perú y Je Xueva España.
- Entonces - pregúntele, - usted cree que... Muy cortésmente me interrumpió:
- Yo no creo nada. Yo busco. Yo estudio.
Ahora acabo de pasar un año en Génova. Más tarde iré á España. En Méjico y en California he vivido veinte años, buscando siempre pruebas que me ayuden á creer. Tengo esperanzas... Pero nada más que esperanzas. ¡Es tan corta la vida! Sólo para leer bien una de nuestras geografías clásicas, se necesita una existencia. Los sabios americanos me han ayudado mucho. Además de Masters, Lobscheid es partidario de la América china. El gran Bancroft probó que en las venas de los aztecas circula sangre mongólica. Yo, por mi parte, he notado que el calendario mejicano y el chino son idénticos. Las arquitecturas primitivas de ambos países llamaron la atención de Humboldt. En fin, en las lenguas, no sólo notamos que la escritura es igual en sus remotos comienzos, sino que una y otra son monosilábicas y carecen de r. Si á esto agregamos mil detalles, como la idea de la transmigración de las almas, las atribuciones de las divinidades domésticas, los amuletos, la creencia en que un dragón devora al sol en sus eclipses, las reglas monásticas, que son idénticas en la China antigua y en el antiguo Méjico, no podemos dudar por completo ...
Una pausa. Luego :
- Ni afirmar tampoco Otra pausa.
Y para terminar, sonriendo siempre, siempre cantando, una sentencia digna de Anatole France: - En el fondo, lo único que los sabios sabernos, es estudiar.
Después abrió un gran infolio y dirigió hacia los misteriosos signos de sus páginas los dos lentes enormes que velan su mirada.
V
Ya muy al Sur del Mar rojo, cuando el soplo de los desiertos hace la atmósfera irrespirable, aparece, á la derecha, una tierra armoniosa. Los pasajeros se amontonan en babor para contemplarla, con la esperanza de ver, aunque no sea sino vagamente, algo que indique vida, movimiento, libertad.
En un torreón blanco una bandera ondea, una bandera roja. ¡Y sólo Dios sabe lo que es una bandera para los que durante días y días no han visto si no el mar y el cielo, este mar inmenso reflector de incendio, este cielo llanura Je ascuas sin fin!
Los que conocen estos parajes nos dicen el
nombre de la tierra. Es la isla de Perirn.
- ¡,Inglesa? ...
- Naturalmente ...
A medida que nos acercamos, los edificios se precisan. Aquello es una fortaleza... Aquello un muelle ... Aquello un almacén, un polvorín tal vez. Y luego nada, nada, nada. La peña color de rosa, desnuda cual todas las piedras de este mar, seco entre tanta agua, la pobre peña que ondula suavemente, se muere de sed como un náufrago. Ni un árbol. Sólo las banderas - las que vimos antes en el fuerte y otras que vamos descubriendo luego en los demás edificios, - las banderas encarnadas se inmovilizan en sus astas.
Porque aquí el viento no tiene alas. Ningún soplo, ni la más ligera brisa, ni el menor vestigio del mousson que encrespa el golfo de Aden, llega hasta aquí. El mar es de aceite ó de plomo, y en el horizonte, un vapor claro, algo como una humareda de incendio, une el agua y las nubes. Por las mañanas, muy tempranico , los velos violáceos se desgarran en Oriente, suavizando la atmósfera. Pero el miraje no dura sino un momento. En cuanto el sol comienza á ascender, todo entra en ebullición, todo se funde, todo brilla, todo humea, todo se hace espeso, todo se estrecha, hasta que, al caer de la tarde, la puesta del sol cambia el espectáculo. Hela aquí justamente. Son las seis menos cinco. El disco de púrpura húndese ya, y la superficie líquida es roja ·roja ardiente, roja de sangre y de amapolas, roja de un rojo que vive, que palpita, que se dilata en ondas interminables.
Pero la isla de Perim no goza de este espectáculo. Vuelta hacia el Oriente, no sale de su color de rosa seco, de su angustioso color de fastidio. Sus mismos edificios parecen tallados en la roca. Estamos frente al fuerte. Un soldado vestido de kaki, inmóvil, nos ve pasar en silencio. En cuanto á los demás habitantes, ni siquiera se asoman á la playa.
Pero, ¿hay acaso más habitantes? Una noticia geográflca me contesta que sí. Hay un batallón inglés. Solo que... El detalle es macabro. Solo que nunca está completo, porque los pobres oficiales, se suicidan, uno tras otro, por horror de ese sol tan luminoso, de ese cielo tan azul, de ese mar tan intenso.
VI
Désde que en la claridad azul de la mañana aparecen las primeras cimas de la tierras bíblicas, todo el mundo corre hacia el puente, atraído por el prestigio de los recuerdos. Las sílabas armoniosas de la geografía sagrada cantan en las memorias. ¡El Monte Serva! y el Iloren, Jeval, Nazbeb, Sabal, los bellos nombres llenos de poesía, y por encima de todos, dominándolos con su altura, el Sinaí de Moisés !
Una bruma transparente, no hecha de sombras, sino de luces coloreadas, una bruma violeta, vapo rosa en sus palpitaciones argentinas, envuelve las bases de las montañas y da á las playas una vague dad misteriosa de contornos. Las crestas, en cambio, destacanse con una precisión Je cristal tallado sobre el fondo celeste del horizonte. Sus augustas sequedades aparecen nítidas. Los soles milenarios han incendiado en ellas todo germen de vida. Ni una planta, ni Ja más ruda mata, ni siquiera el rastro de vegetaciones antiquísimas mancha sus altas vertientes. Diríase que jamás plantas humanas han pisado esas piedras. Y ante tal realidad, el recuerdo de los desiertos entrevistos ayer desde las puertas de Suez cobra vida y se anima con sus camellos escuálidos.
El color es gris. Pero digo mal. En esta atmósfera, lo gris no existe. Todo es translúcido, todo es claro. EL verdadero matiz es un delicadísimo tono de amatista que sólo se aclara ó se obscurece al juego caprichoso de la luz entre sus grietas. De vez en cuando, en la parte baja, surgiendo del mar, alzase una roca blanca, cubierta de espuma, que se irisa y rompe la monotonía deliciosa de la sierra.
VII
Del otro lado - á babor como dicen los marinos - el paisaje es, si no más bello, por lo menos más variado. Las costas africanas, cubiertas de altos picos que rompen de trecho en trecho la uniformidad de los acantilados, se tiñen de luces cambiantes, gracias á la posición del sol. En las playas de arena, las olas saltan y se amontonan. El mar mismo, tan azul, tan intensamente azul, diríase que, al acercarse á la tierra de Egipto huyendo del soplo abrasador del Asia, se anima y palpita con gozo.
Sin embargo, nadie contempla esas costas.
Desde el primero hasta el último, todos los pasajeros permanecen á estribor viendo pasar las ári das piedras del Éxodo.
Las horas transcurren. El calor aumenta á medirla que el sol sube. Una luz cegadora refléjase en el ultramar bruñido de las aguas. En el am biente, ningún soplo de brisa. Los viajeros, recostándose en el parapeto de popa, callan y contemplan. El opio sutil de las evocaciones parece sumir los espíritus en una honda modorra. Soñando despiertos, vemos cubrirse esas tierras ingratas de fantasmas sagrados, y nuestros labios, inconscientemente, murmuran nombres bíblicos. Esperamos de un momento á otro ver destacarse por encima de las demás, la cresta sagrada, el santo Sinaí, cuyo prestigio es superior á las creencias, puesto que domina las imaginaciones de todas las razas. Aquí mismo lo noto. Esos chinos y esos anamitas, esos árabes y esos indos que merodean, no parecen menos emocionados que los cristianos.
De pronto un murmullo : « El Sinaí ». Y de un extremo á otro del puente una corriente miste riosa anima las almas.
i El Sinaí!
Todos contemplan absortos la cima que aparece, que se precisa, que crece, que se yergue un minuto entre dos cimas menores, allá en el fondo, bajo las claridades violáceas, y que luego va disminuyendo, va desvaneciéndose poco á poco en el horizonte, como si no fuera una realidad sino una milagrosa aparición igual á las que, en la Leyenda Dorada, conmueven las ánimas de las razas.
Comentario a "Los jardines"
Dentro del libro El alma japonesa, encontramos la crónica “Los Jardines”. La cual es una excelente representante de la plasticidad que puede expresar una crónica modernista. Y no sólo de la plasticidad sino también representante de una mezcla de sensaciones increíble, que formaría parte de la sinestesia también empleada por los modernistas.
Gómez Carrillo le da vida a la vegetación de los jardines, y lo hace porque en oriente la naturaleza tiene un carácter sagrado. Es una algarabía la descripción que elabora, una algarabía pero con un carácter frágil, limpio y tenue. El ritmo no parece ser especial, pero está tan plagada de imágenes, que no necesita apoyarse con un ritmo específico.
Para exaltar aún más la belleza de los jardines, se enumeran citas de poetas japoneses. Los elementos raros abundan, pues nos sumerge en un mundo aparte. Si bien esta crónica habla de un viaje a los jardines de Japón, con la lectura parece que es un viaje onírico, por la belleza que alcanza.
Los Jardines
El amor de la naturaleza es como una religión nacional de este pueblo. Desde muy temprano, lus niños aprenden á amar á las plantas, á las piedras, á los insectos. Y notad que digo amar empleando la palabra en su más castizo sentido. Es amor, en efecto, amor y no simpatía, amor y no afición, amor verdadero, tierno y voluptuoso, el que los nipones sienten por sus hermanos los vegetales. Nutridos con la savia espiritual de las leyendas búdicas, saben que las ramas tienen melancolías, que las hierbas sufren ó gozan, que las hojas, al murmurar, dicen sus íntimos pensamientos y que en los troncos rugosos se esconde un alma que llora cuando el hacha la hiere. Tocio esto constituye para la educación de la sensibilidad infantil una lección admirable. En sus jardines, lejos del ruido de la. calle, los chiquillos viven en verdadera comunión con los seres vegetales que son sus primeros amigos. Luego, al llegar á la edad en que el carácter toma una forma definitiva, sus padres los llevan á contemplar los paisajes célebres, lo mismo que en Europa se lleva á los adolescentes á visitar los muscos. Un punto de vista bello, es un lugar de romerías. Apenas sale uno de Tokio, empieza á notado. Ante cada rinconcilio florido, ante cada curva armoniosa del río, ante cada colina de líneas puras, úlzanse los miradores rústicos de una casa de te. Y como esos miradores, ó más bien dicho pabellones, están siempre llenos de gente silenciosa que parece extasiarse en una contemplación mística, uno no puede menos de preguntar:
- ¿Qué hace allí esa multitud absorta? ... ¿Es acaso éste un luga1· de peregrinaciones religiosas? ¿ Ilay aquí algún Buda milagroso?
Ningún Buda - contesta el guía.
¿Alguna fuente de esas que calman dolores? Tampoco.
Algo debe sin embargo suceder, puesto que esa multitud se reune así, en medio de un camino desierto en nna casa de te, á una hora determinada.
- Nada de especial - termina el guía. - Totlos los días de todo el año pasa lo mismo. Esa multitud que á usted le parece en éxtasis y que sólo está en contemplación estética, ha venido de cien pueblos distintos á admirar el paisaje.
Y en efecto irá ver una llanura cubierta de flores ó un lago en cuya superficie nadan los lotos sagrados; subir á una montaña azul ó contemplar una puesta de sol tras un bosque de criptomerias; extasiarse ante un riachuelo que canta entre las peñas, ó ver un torrente plateado bañando el césped de un jardín; pasearse bajo ramas floridas ó inmovilizarse bajo un árbol solitario, acudir, en una palabra, á cualquier sitio famoso por su hermosura natural con la voluptuosidad con que se acude á una cita de amor, constituye para los japoneses el mayor de los placeres. Los mas humildes como los mas ricos, organizan partidas de ctmtemníación lo mismo que nosotros organizamos partidas galantes. ¡ Pero qué digo ! En la propia corte ¿ cuáles os figuráis que son los dos más grandes, los dos más imperiales días de fiesta? ¿El santo de su majestad la emperatriz que se llama Primavera, y el <le su majestad el emperador, descendiente de Ama Terasu Kami, diosa del sol? No. ¿El aniversario de la jornada gloriosa en que el último sogún Tokuwawa fue derrotado por los leales samurayes de Kioto restauradores del poder verdadero del soberano? Tampoco. Las <los mayores festividades palaciegas están consagradas, en este imperio extraño, donde todo parece que lo reglamentan las hadas, á la religión de las flores en que los príncipes y los samurayes han visto el símbolo de sus virtudes. En efecto, la primera fiesta, que se verifica en abril, es la de los cerezos floridos. La segunda, en octubre, la de los crisantemos. Los magnates, los príncipes de la iglesia, los representantes de los reyes extranjeros, todos los que forman la alta sociedad de Tokío, acuden á la invitación de su majestad, para contem piar como simples poetas, las flores nacionales en el parque imperial. - ¡Nada más l. .. Pero los japoneses, con justicia, exclaman:
- ¿Y qué más ? ...
***
Sólo el pueblo tiene más,
Después del florecimiento inverosímil de estos cerezos cuyas ramas se cubren de nieve sonrosada, tiene, en mayo, los racimos de wistarias tan frágiles en su purpurea suntuosidad decorativa, Tiene, luego, las magnificas alfombras de peonias que, con sus ricos colores, con sus luminosas carnaciones, ocultan la hierba de los campos, Tiene, cuando el verano principia, los iris de mil matices, los esbeltos iris que crecen, en los jardines lo mismo que en las montañas, con aristocrática elegancia. Tiene, en el mes de los grandes calores, el loto místico, la flor de Buda, que se baña orgullosamente en los estanques de los parques y que convierte en senderos floridos los fosos de los castillos feudales. Tiene, después de los crisantemos, las flores del ciruelo cuya blancura rivaliza con la nieve. Tiene, en fin, la eclosión suntuosa de las camelias en pleno invierno.
- Pero - diréis - ¿acaso en todas partes no pasa, más ó menos, lo mismo?
Sí: en todas partes hay flores para cada estación. l\las no como aquí, no con esta belleza extraordinaria que metamorfosea de un simple cerezo florido en el más armonioso, en el más delicado espectáculo. No con esta abundancia que cubre las inmediaciones de Toldo de iris durante un mes entero y que hace, en los parques, verdaderos bosques de las plantaciones de camelias.¡ Qué digo! Los árboles mismos son aquí mucho más bellos que en Europa, y sus hojas, cuando reverdecen con tonos tiernos en primavera ó cuando, en otoño, se tiñen de matices rubios, constituyen fiestas verdaderas para quien las contempla. Entre las romerías populares, una de las que rivaliza con la de los cerezos floridos, es la de los arces en el momento en que sus hojas toman. un color y un lustre metálicos.
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He dicho romerías porque el pueblo no se contenta, como los magnates que forman la sociedad imperial, con reunirse un día fijo en un parque determinado para contemplar las más simbólicas, las más nobles flores en su más grande esplendor, sino que organiza ardientes p8regrinaciones con objeto de honrar de u na manera re! igiosa á todas las bellas plantas, por humildes que parezcan y por 'poco· emblemáticas de grandeza que sean. En el mismo Yosiwara, donde las mujeres galantes viven encerradas en claustros de amor, se forman, para celebrar· los tres mayores florecimientos del año, cortejos dignos de épocas más suntuosas. « Cuando las nuevas flores aparecen - dice Norrnan - las cortesanas las hacen regias visitas ii. La palabra regias, está bien empleada. Con sus trajes recamados de oro y sus cabelleras erizadas de alfileres áureos ; con sus lentos pasos y sus hieráticos movimientos; con la. majestad de sus ojos fijos y la gracia austera de sus labios herméticos; con la magnificencia del séquito que las sigue y el recogimiento de la multitud que las contempla, las pobres vendedoras de sonrisas parecen, esos días, princesas de leyendas en un rnistico desfile.
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La cortesana Kornurasaki, en una de sus cartas <le amor al ronin Gupachi, dice : ce Contemplo estas flores que me habéis enviado, cual si contemplara vuestro rostro. La religión nos enseña que un dios vive en cada corola. Ante los dioses de este ramillete, os juro un amor eterno » ,
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Buscando las bases históricas del ardiente patriotismo japonés, algunos filósofos se preguntan cómo un pueblo que ha aceptado con facilidad extraordinaria la influencia china antaño y ogaño la europea, puede adorar con tal fanatismo su suelo natal. La verdad es que el patviotismo de los nipones es puramente poético y social. Tienen orgullo en ser descendientes <le los fieros samurayes ele las grandes épocas; están satisfechos de pertenecer á una raza que jamás se ha mezclado con hordas conquistadoras; y más que todo eso, sienten un amor exclusivo por sus campos, por sus montañas, por sus mares, por sus ríos. Las ideas extranjeras, las creencias extranjeras, los métodos extranjeros, pueden aceptarlos sin creer que al obrar así renuncien á la integridad de su carácter nacional. En lo que no consienten, es pensar que los extranjeros logren un día adueñarse de la más mínima parte de sus tierras sagradas. « Las tierras japonesas - dice la constitución - no pueden pertenecer sino á los japoneses >l. Y esto no obedece i• un ideal de propiedad material, sino al amor poético del suelo tan bello y tan santo del Yamato. No hay más que leer los antiguos libros, para notar esta adoración. En cuanto· hablan de sus campos, los japoneses lloran de entusiasmo. Una obra de Tchikafusa, termina de esta manera:
« El Yamato es una región divina, donde todo está hecho por los dioses ».
Otra obra que se titula El traje de Plumas, dice:
« Se habla de los goces celestiales. El cielo no conoce el goce, puesto que no posee la belleza de estas tierras. ¡ Oh ! tierra del Mio, tierra divina en donde el mundo y el cielo se unen y se confunden ! ¡ :.\Iio ! me pareces aún más bella en primavera, cuando el viento canta entre los arboles de tus selvas! >>
Un poema, que Berard ha traducido, dice :
« Nuestros árboles, nuestras hierbas, nuestras piedras, nuestra arena, todo ha recibido un alma divina. El murmullo de la brisa entre las plantas y las manchas de los insectos en las hierbas, son drnirables espectáculos.»
La más antigua, en fin, y la más popular poesía japonesa, comienza diciendo :
¡Oh, tierra del Yamato !
¡Dello Akitsucirna incomparable l
¡ Cuán querido eres para mí !
Y esto que los poetas épicos cantan, esto que el pueblo adora, esto que la religión diviniza, no es la tierra que produce y nutre, la vulgar, la ubérrima landa arrocera, sino el florido sudo deliciosamente inútil para la vida material pero indispensable á la existencia sensitiva del pueblo entero. En los paisajes más bellos, es en donde los samurayes viuculan su pati-iut.ismo. Los soldaditos que durante la última guerra escribían á sus familias, no semostraban emocionados de un modo profundo, sino .cuando evocaban el recuerdo de sus jardines natales.
Las ñorcs ca idas aq u i,
¡Oh ! brisa extranjera
Se lleva mi corazón
A otras flores,
A las flores de mi jardín.
Esto dice uno. Y otro :
Ha caído,
La flor de la parra
De mi jardín.
¡Ah! Cuan diferente de ayer
El hoy sin flores y sin parras!
***
Pero no hay necesidad de recurrir á los poemas épicos, ni á los suspiros nostálgicos de los que guerrean por la patria. Aun en la milenaria tranquilidad de la existencia corriente, los poetas han sido más elocuentes al hablar de las flores que de las mujeres. Para convencernos de ello, nos bastará con hojear las antologías clásicas en que los gobiernos reunen los poemas más populares.
En la primera página leemos
Estoy celoso del viento
Que acaricia
Allá arriba
Alta do llegar no puedo,
Las flores del cerezo.
Así habla Tsurayuki.
Uno de sus rivales, Hikomaro, dice
¡ Ob, corola de Joto!
Nada es tan bello como tú,
Y comprendo que una gota de rocío
Conviértase al brillar sobre ti,
En el rubí más lindo
Y no dligáis á estos poetas que la belleza de las flores no dura sino un día, porque os responderán, citando al patriarca Sorei :
La flor del tsakura
No es tan f'rágil ,
Aunque lo es mucho
En su admirable gracia,
Como Jos sentimientos del hombre!
Los amantes, comprenden que las flores son tan necesarias como las caricias para el placer. Una poetisa exclama :
Kerria, no florezcas,
No te muestres inútilmente bella,
Mi amigo que te ama tanto,
Mí amigo que es el tuyo,
No vendrá estn noche.
Otra amorosa, más triste aún, dice
No, no me consuela el canto
Del ruiseñor que me habla
Entre las sombras del jardín.
¡Ah! si viera yo los crisantemos,
¡Tal vez me consola ria!
Y ninguno quizás tan enternecedor corno éste que,
para no llorar, sonríe en la estrofa siguiente :
Admito que te soy odioso, Está bien; lo admito.
Pero realmente, ¿por qué No has de venir á ver
Las flores de mi jardincillo?
Los que no sufren, los que no aman, sienten lo mismo la necesidad de contemplar las flores. Un poeta escribe :
¡ Oh¡ tú, nievo de primavem
Cae suavemente,
Para no deshojar
Las flores ele las ramas,
Antes de r¡ uc yo las vea.
Y el célebre Hakahito :
Por la landa primaveral,
Para buscar violetas,
J\Ie aventuré.
El e u can to de las flores es tal,
Que me sorprendió la noche
Podría alguien decir que no sólo en japonés los poetas han cantado las flores. Es cierto. Pero lo que sólo en el Japón han hecho los poetas, es cantarlas con esa ternura, con ese entusiasmo y con esa frecuencia. La fraternidad de que os hablé al principio, llega, en muchos casos, á trocarse en voluptuosidad. Las plan tas no sólo son herma nas. A veces también son esposas, corno en la leyenda célebre del sauce búdico que un noble salvó del hacha de un leñador y que, por la noche, para recompensarlo, acudió ú su lecho, convertido en ninfa, para acariciarlo.
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En realidad, los japoneses viven entre los árboles. Sus casas no son sino cajas de madero sin muros. Un tabique de papel separa las habitaciones del patio interior. En el día, ese tabique se corre y la casa entera se convierte en un mirador completamente abierto. Así, desde que se levantan hasta que se acuestan, hombres mujeres y niños tienen ante la vista el panorama delicioso de un paisaje célebre. Porque lo que yo llamo patio interior es, en realidad, un jardín a la moda del país, una repro<lucción en diminutas proporciones de algún rinconcillo de la montaña ó de algún parque famoso.
Para los que venimos de Occidente, la primera impresión es de extrañeza. Tanto arte, tanta minuciosidad, nos desconcierta. La imagen ridícula y deliciosa de los jardines de navidad acude á nuestra memoria. l\Ias en cuanto comenzamos á comprender, en cuanto vernos que en esa pequeñez aparente hay una real grandeza evocadora, Ja admiración reemplaza á la extrañeza. Con una maestría {l ue iguala á la de los escultores de figulinas de marfil, el jardinero poeta ha colocado, ante una peña musgosa que simula un fondo de montaña, los mismos árboles, las mismas cascadas, los mismos precipicios que existen en el paisaje modelo. Para eso sirven esos pinos y aquellos robles centenarios que apenas tienen cincuenta centímetros de alto y que tanto entusiasmaban á Edmundo de Goncourt, cuando, en 1880, el jardinero IIato Wasuké los dió á conocer ú los europeos en el pabellón japonés de la Exposición universal de París. « Era - dice l\Iontesquiou - como una floresta bebé de centenarios arbustos que se estiraban en serpentinas ramificaciones, que se redondeaban en armónicas amplitudes y que daban una sombra tan verídica que se hacía necesario arrancarse á los ensueños Liblicos para convencerse de que era una selva de Liliput, un Líbano en miniatura. » Sí; estos arbolillos tan raros en Occidente y tan comunes, tan populares en el Japón, sirven para dar, en un cspacio reducidisimo , sensaciones de grandeza natural. Y para eso sirven también las piedras de formas singulares que vemos en las tiendas de los horticultores. Para eso, en fin, la canalización complicada que hace subir el agua desde el río. Y la perfección del conjunto es tal, que un erudito cualquiera puede, después de una rápida ojeada, decir en dónde se encuentra el original del jardincillo
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En sus grandes jardines nacionales, los japoneses no se contentan siempre con reproducir paisajes célebres. Muy á menudo los árboles, las flores, las piedras y las agua:;, constituyen, en su sabia ordenanza, símbolos poéticos ó evocaciones religiosas. Los hijos de los samurayes escuchan, entre las vet'duras, la voz legendaria de su raza. En donde nosotros sólo vernos frescura, gracia, color, las almas creyentes encuentran recuerdos de santos epi:;odiDs. Un islote artificial en que admiramos los esbeltos iris, es para quien sabe las intimidades tradicionales del país, la cuna de un dios ó de u11 héroe, y cu un estanque poblado de lotos, suele verse reflejado un rostro glorioso de emperatriz. El Jardin del Arsenal, en Tokio, que tiene por fondo una verde playa del mar interior, es una lección de heroísmo para los iniciados. Las sombras de dos guerreros que después de la denota de sus jefes se dejaron morir de hambre por no comer el arroz que crecía en las tierras ocupadas por sus enemigos, vagan por boscajes llenos de frutos espléndidos. Otro jardín célebre, es aquel de que habla Chamberlain como de una enseñanza del poder de la palabra santa. Más que un jardín, parece un campo de altas piedras que un viento formidable hubiera inclinado hacia el mismo lado. Sus árboles son raros. Pero en esa misma sequedad está su encanto espiritual. La leyenda que lo inspiró, dice que cierta tarde un sacerdote de Duda, lleno de tristeza ante el espectáculo de la indiferencia de las piedras, dctúvose en un campo pedregoso y dirigiéndose al suelo explicó la doctrina santa con tal emoción, con tal ardor, que poco á poco los más grandes pedruscos fueron inclinándose hacia él para oirlo mejor.
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¿, Será este el origen del gran entusiasmo que los jardineros japoneses tienen por las piedras como elementos decorativos?
Todos los occidentales nos hacemos esta pregunta al ver que un pedazo cualquiera ele granito cubierto de musgo, tiene en los parques tanta importancia como la más bella azalea florida 6 el mas lindo loto abierto. Pero es probable que lejos elevenir el entusiasmo de la leyenda, la leyenda venga del entusiasmo. A cada paso se encuentra, entre los árboles que rodean los templos, alguna piedra con historia. Aquí es un menhir de forma extraordinaria que tiene las virtudes de un Buda ; allá una pizarra que cura los males ocultos; más lejos un basalto que hace milagros. Yo he visto muchos de estos fenómenos. Ante ninguno de ellos me he inclinado con fe. Mas en cambio he querido dirigir una sonrisa á la piedra célebre que, habiendo un día recibido una patada del emperador 0-Djin se escapó llorando. Por desgracia mi deseo ha sido vano. Y para consolarme, he admirado en los jardines, entre lagos diminutos hechos con una tina, y ríos traídos por cañerías del Sumida-gawa, las colinas de un metro de alto que, aun sin historia, tienen formas exquisitas.
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El filósofo que más hondamente he sondeado el alma j 1ponesa, Percival Lowel, dice en su estudio sobre el sentido artístico del Extremo Oriente, que entre todos los pueblos de la tierra el más impersonal ó mejor aún, el menos subjetivo, es el nipón. « Las bases del arte extremo oriental - agrega - son tres : la naturaleza, la religión y el humor. Esta trinidad, aunque extraña a primera vista, es muy homogénea. La naturaleza representa la impersonalidad concreta y la religión la impersonalidad abstracta. En cuanto al humor, es el que sirve para poner en ridículo á la personalidad en general », En efecto, para los pueblos amarillos, para el pueblo japonés sobre todo, el hombre merece, en el mundo poético, mucho menos espacio que una flor ó un claro de luna. Su inspiración no se ocuparía en encontrar imágenes de pasiones ó de sentimientos humanos. Su propia alma es un campo de exploraciones enteramente inculto. « ¿Qué soy yo - parece decirse - qué es mi ser interno, comparado con las montaiias inmensas ó con el mar infi nito " ». Y así, en su modestia instintiva, apenas si se atreve, de vez en cuando, á colocar siluetas de su propia especie en las faldas de las colinas ó en las riberas de los arroyos. La naturaleza sola, sin idílicas parejas que la animen, basta á su gusto. La mujer misma, la mujer, símbolo del placer, encarnación del amor, ocupa mucho menos espacio en la poesía japonesa, como ya lo hemos visto en las citas anteriores, que los cerezos floridos ó los muntes nevados.
Comentario a "Pintores parisienses"
La crónica “Pintores de parisienses” es un recorrido por cuatro tipos de pinturas de mujeres parisienses. Se encuentra en el libro El alma encantadora de París, y la elegimos porque en el modernismo, París era la meca de los modernistas, por lo cual no puede faltar una crónica que nos hable un poco de París y qué mejor que las mujeres para descubrir la esencia parisina.
A lo largo de la crónica se van describiendo los cuadros de cuatro pintores, y Gómez Carrillo nos comunica las sensaciones que le genera observar a las mujeres de dichos cuadros. Recurre a inventar las posibles historias de las retratadas. Entre todo esto, nos sumerge en el mundo bohemio de los pintores quienes beben ajenjo, un tópico modernista por excelencia. Para todas las descripciones usa bastante léxico exótico.
La descripción de las cuatro mujeres, termina dejando la idea de que la mujer parisina es una belleza única en el mundo, debido a que es fina, es una flor y un fruto. Pero al tiempo que es una mujer delicada, Gómez Carrillo la representa como devoradora y seductora.
Pintores Parisienses
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Comentario a "La mujér de Aténas"
La crónica “La mujer de Atenas” de Enrique Gómez Carrillo ha sido elegida por la unión de forma y fondo que posee. La forma es una prosa bastante musical, la cual ayuda a reforzar la idea de fondo, que es la sensualidad de las mujeres atenienses.
El principal tópico modernista que utiliza es el viaje, en donde el cronista se sorprende de las maravillas tanto de Grecia, como de sus mujeres. El segundo tópico importante sería el del manejo de los conocimientos de la tradición grecolatina, centrados en el mito de Antígona, que se leen a lo largo de toda la crónica.
Un rasgo importante es que toda esta crónica es circular, ya que parte de la observación de la plaza de la Constitución y termina volviendo su mirada hacia ese mismo lugar.
Las descripciones que Gómez Carrillo hace son muy sensuales, ya que son reflejo de las mujeres que describe. Ellas no son de una sensualidad ardiente como las árabes; más bien poseen una sensualidad elegante, insinuante y cautivadora. Resulta peculiar que a pesar de que la crónica está centrada a cierto territorio, Gómez Carrillo no se olvida de la belleza de las mujeres de otras regiones pues nos habla de las mujeres japonesas y de la coquetería de estas. También menciona a las mujeres parisienses, asimismo manifiesta que las atenienses son tan bellas, que son las “parisienses de oriente”.
La mujér de Aténas
Ah, las mujeres de Atenas, y sus gracias, y sus sonrisas, y sus ondulaciones, y sus
coqueterías! Yo apenas he tenido aún el tiempo de verlas pasar, gorjeantes y rítmicas; apenas he podido, en dos ó tres salones literarios, respirar el ligero aroma de violetas que sus cabelleras negras exhalan y perseguir las chispas que se encienden, se apagan, huyen y vuelven encenderse, en sus pupilas negras; apenas he besado, respetuoso, sus manos desnudas. Pero no importa. Estos breves días me bastan para hacerme la dulce ilusión de que las conozco en la intimidad.
- Si mañana, en cualquier parte del mundo, una ateniense pasa á mi lado y me sonríe, la reconoceré entre mil mujeres - le digo á Mauricio
- Si es Antígona-me contesta mi amigo-, lo creo.
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Antígona es una huraña y exquisita amiga nuestra, que tiene un cuerpo de figulina de Tanagra y un rostro de ideal travesura. Su perfil no es clásico. Entre la frente y el nacimiento de la nariz, hay, en su carita vivaracha, un espacio vacío. En su boca menuda y carnosa no se ve gravedad ninguna. Un maestro de estética, apegado á los cánones clásicos, no la encontraría de griego sino el nombre. Pero yo he descubierto en el Museo Nacional, entre dos salas de Venus impasibles, un rinconcillo en el cual aparecen, inmóviles en sus posturas eternas, algunas figuras que, con sus espiritualidades expresivas, con sus miradas enigmáticas y con sus delgadeces flexibles, se parecen positivamente á nuestra linda amiga. El tipo griego que todos conocernos, el tipo de los rostros de Praxiteles, el tipo del siglo quinto y de las medallas de Aspasía, no es, en realidad, sino la moda de un momento, como lo fué más tarde, en Italia, el tipo de las madonas de Rafael. Antes, un arte menos impecable, pero más variado, expresaba la gracia en todos sus instantes ingenuos ó perversos. Los pintores primitivos, que eran ignorados hace cien años, han ensanchado el campo de los conocimientos estéticos toscanos. En Grecia, cuando las esculturas arcaicas de Delos y de otras islas hayan logrado popularizarse, se verá tal vez que la belleza antigua no íué siempre de una pureza académica .
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Más de una estatua de las salas arcaicas del Museo de Patisia, en efecto, me hace pensar en la bella Antígona. Pero en donde verdaderamente no sólo pienso en ella, sino que la saludo á cada paso, reconociendo sus gracias, sus esbelteces y sus elegancias, es en las vidrieras en que se amontonan las figulinas de barro. Toda la gentileza moderna existe ya en esas muñecas deliciosas que han durado más, siendo tan frágiles, que las duras Venus de bronce y las pesadas Dianas de mármol. Hasta nuestras modas actuales están allí.
- Este traje lo compré en París - me decía ayer Antígona, sacudiendo los tres volantes de su falda de líno.
Y yo pensaba que esos mismos volantes, ese mismo corpiño estrecho con pliegues verticales, esas mismas mangas cortas y abiertas, las había visto la víspera en una dama de arcilla que tiene, probablemente, la respetable edad de dos mil trescientos años. Pero no sólo el traje parisiense de mi linda amiga he encontrado en la muñeca de barro que acompañaba el sueño eterno de alguna noble señora de Efeso, de Lócrida ó de Mirina. El peinado se me antoja el mismo, con su cinta de seda que pasa entre los rizos y termina en un lazo discreto. Es un peinado de teatro, seguramente. En cuanto al colorete del rostro, no me atrevo á decir que sea también el mismo. Antígona, que en esto es igual á sus contemporáneos, no quiere confesar que ni todas la rosas de sus mejillas ni todas las nieves de su frente son naturales.
-Aquí - murmura, acariciándose Iós blancos brazos - no tenemos los artificios de París.
¡Oh! ¡Mentira universal, bajo cuántos cielos te he oído! En el Oriente mismo, donde la mujer es como un ícono esmaltado, ninguna dama quiere confesar su coquetería. Pero qué digo en Oriente. Aun en el extremo Oriente, aun en el delicioso y pagano Japón, cuyas geshas se doran los labios, se labran las uñas y se esmaltan los senos; aun en el Japón del Yosíwara y del Símawara, las muchachas se declaran frescas y naturales como flores silvestres. Todas son las mismas ... Todas, sí. .. Todas, en todas partes, juran que todo es natural. .. Sólo que ninguna sabe mentir, y menos que ninguna mi bella ateniense.
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En su docto pobre sobre Grecia, Gastan Deschamps cuenta que los diplomáticos extranjeros que vienen solteros á la corte de Atenas se enamoran á menudo de las lindas palikaras y se casan con ellas. ,,Pero - agrega - las ma,,las lenguas pretenden que esos matrimonios ,,de vanidad no son sólidos. Los bonitos pája,,ros helénicos, una vez fuera de su tierra, quíe,,ren escaparse de la jaula vulgar de la vida ,, burguesa, que repugna á sus fantasías." Esto es lo que dicen, según el Fastidioso viajero, las malas lenguas. Yo, sin embargo, las encuentro buenas, justas, ditirámbicas y doctas á esas señoras lenguas. Porque, en verdad, ¿qué mayor elogio puede hacerse de una mujer? Teniendo el lujo, la consideración y la admiración, no piensan sino en recobrar su pobre libertad para vivir conforme á sus almas quiméricas. ¡Hijas de He· lena, cuán divinamente conserváis el tesoro de nuestros caprichos! Los embajadores que, como Menelao, pueden decir: ,,entre los hombres, al,,gunos nos igualan en riquezas, pero ninguno ,,nos sobrepuja en prestigio", lo poseen, en electo, todo, hasta los secretos de los dioses, hasta la paz de los pueblos. Lo único que no poseen es el corazón de sus compañeras, de sus ate· nienses de ojos negros, que sueñan locamente. Pero, en cambio, un bello aventurero se acerca a ellas, y aunque se encuentre, cual Ulíses, vestido de ramas verdes, el alma de la dulce hija de Alcinoyo se encenderá, al verlo, en amor indomable. ¿No dicen las matronas charlatanas de la calle de Eolo y de la calle de Hermes que por esos jóvenes oficiales que pasan por la plaza de la Constitución las esposas de los banqueros cosmopolitas olvidan sus deberes á menudo? ...
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En tal punto, la ateniense de ojos negros y de sonrisa de grana puede decir que no tiene artificios ó que, si los tiene, no sabe ocultarlos largo tiempo. Los que la llaman la parisiense del Oriente, no se equivocan. De la parisiense posee la elegancia, la ligereza, la gracia, la espiritualidad y el amor de la independencia. En los más nimios detalles, algo la hace mostrarse original. Y si no ostenta ni la hermosura ardiente de las árabes, ni la languidez voluptuosa de las turcas, en cambio es, más que todas las mujeres del Levante, insinuante y cautivadora. En la antigüedad, según la historia, sus abuelas tampoco fueron de una perfección absoluta. Cuando se hablaba de alguna cortesana admirable en tiempo de Alcibíades, ya se sabía que era una extranjera. La misma Aspasia nació lejos del Ática. Pero la ateniense de entonces, sin ser linda, era la más agradable, la más fina, la más seductora mujer del mundo helénico. Hoy pasa lo mismo. Vestida en París como Antigona 6 vestida en la calle de Hermes como la mayoría de sus amigas, siempre tiene un airecillo que no se encuentra en Oriente y que en Occidente mismo es raro. ¡Qué digo! En Francia, que es la tierra clásica del vestir femenino, sólo con la mujer de París quiero comparar á la mujer de Atenas. En las ciudades de provincia, en Marsella, en Nancy, en Burdeos, en Lyon, hay algo que choca en el trajear elegante, un algo que se llama "provincialismo" y que también podría llamarse ,,extranjerismo" desde que las damas y las damiselas del mundo entero han adoptado los figurines de la rue de la Paix. Mas ese provincialismo aquí se desvanece. Cada vez que encontramos un grupo de muchachas por la calle, yo le pregunto á Mauricio:
- ¿No te parece estar viendo parisienses?
- ¡Como que sin duda son parisienses de viaje! - contéstame mi amigo.
Y nos acercamos para ver si hablan francés y oímos en sus labios adorables la grave lengua de Palarnás.
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- ¡Oh lindas hijas de 'Ia liviana Helena! - suele murmurar mí amigo -, todo en vosotras es delicioso, hasta los defectos! Os dicen caprichosas, y yo adoro vuestros caprichos, puesto que por fuerza han de ser voluptuosamente perversos. Os dicen ardientes, y aunque ese adjetivo indica siempre violencias de carácter, contrarias á la armonía, yo adivino, viendo la languidez de vuestras miradas, que el fuego en que arden vuestras almas no es una llama de incendio, sino una brasa perfumada de pebetero antíguo, Os dicen coquetas como parisienses, y yo me muero por lo parisiense y por lo coqueto. Pero, [ayl, cuando vuestros maridos os presentan; cuando vuestros hermanos os nombran, cuando vuestras madres os llaman, algo de penosamente ridículo mancha vuestras gracias. Todas os llamáis Aspasías, Crisis, Penélopes, Artemisas. ¡Oh, Aspasias de trajes tailleurl ¡Oh, Penélopes de sombreros parisienses! ¡Oh, Cibeles de sombrillas inglesas, cuánto mejor estaríais con nombres menos pedantes! Cuando os oigo citar, no puedo dejar de acordarme de los buenos negros de Martinica que, si bautizan á un hijo, le ponen Bonaparte ó Temístocles ...
***
Mi amigo, como todos los poetas, exagera.
La cuestión de los nombres es una cuestión enteramente local. Los franceses se ríen de nosotros porque llamamos á nuestras mujeres Dolores, Mercedes ó Concepciones. Traduciendo ó trasladando, se llega a los más cómicos efectos. Así, lo único que se debe exigir de un nombre de mujer es que sea gentil y que se preste á las letanías amorosas. Por mi parte, creo que me acostumbraría sin dificultad á agregar á los de mis lindas amigas de Atenas los más dulces adjetivos de Meleagro, los más nobles epítetos de Homero. Así, [oh, Mauricíol, ¿te figuras acaso que nuestra divina amiga estaría mejor llamándose Carlota como una alemana ó Catalina cual una inglesa? Yo, al menos, prefiero que se llame Antígena, para poder, á pesar de su traje failleur y de su sombrero de encajes, compararlas con sus hermanas desnudas de los Museos y decirla mentalmente los más líricos piropos.
***
Para ser franco conmigo mismo, hasta debo confesarme que ni aun necesidad de agregar piropos al nombre de mi amiga tendría si ella se prestase á escuchar mis fogosos transportes. ,, ¡Antígona! - podría decirla - ¡Antígonal tAntígona!" Y este solo nombre que otros encuentran algo ridículo, bastaría á despojarla de su traje muy frívolo para vestirla de la obscura túnica que conviene á veces á su belleza expresiva, á sus ojos de fuego, á sus labios palpitantes. ¡Antígonal ¡Antígonal ¡Qué bien completa este nombre tu carácter, tu belleza, tu expresión! A veces hasta se me figura que forma parte de tu ser, como tu cabellera de sombra y como tus pestañas de seda. Gracias á esas tres sílabas sabemos que bajo las flores de tu corpiño palpita algo que puede un día hacerte lanzar gritos de pantera herida, Sin querer compararte con tu hermana la trágica guardiana de cadáveres, veo en ti á una heroína que espera sin temblar el día de entrar en escena. ¿En qué mujer hermosa no hay una trágica que duerme? Mi deseo es que la tuya no despierte nunca y que nunca las lágrimas derritan el colorete delicioso de tus mejillas. ¡Oh, cuando veo tus manos tan delicadas, tan suaves, tan acariciadoras, y me figuro que pueden, una noche terrible, retorcerse en delirantes espasmos de dolor, algo se angustia en mi alma! Mi anhelo, Antígena, es que nunca sufras. Mas si el momento siniestro ha de llegar, estoy seguro de que el espectáculo de tu dolor, á pesar de ser moderno, no perderá su intensidad magnífica. Como tu hermana de hace diez mil años, tú sabrías gemir feroz y divinamente. Los ojos como los tuyos no engañan. Y además, ahí está tu nombre, Antígena ...
***
Mi amigo Mauricio sonríe. Entre sus lecturas hay una que le impide entusiasmarse francamente cuando habla de las griegas. Es la del libro de Edmond About. .Las atenienses - dice ,,el injusto viajero - no tienen la fisonomía es,,piritual de las francesas, ni la belleza opulenta ,, de las romanas, ni la delicadeza pálida de las .turcas. En la ciudad no se ven sino fealdades ,,chatas, con los pies enormes y las cinturas de., formes." Esta frase data del mes de Febrero de 1852. Y si hubo en ella justicia, preciso es confesar que en el medio siglo que ha transcurrido desde que About la escribió, las diosas protectoras del Ática han operado un milagro admirable. Porque ni aun los deformadores profesionales podrían hoy, retratando á la mujer de Atenas, presentarnos imágenes sin elegancia y sin gentileza. No hay más que ver pasar esos grupos gorjeantes de muchachas que suben sin prisa hacia la plaza de la Constitución para admirar sus gracias. Yo, por mi parte, las admiro sin reserva. Sus ojos me hacen pensar en Sevilla y sus cuerpos en París. Son esbeltas y coquetas. Saben andar rítmicamente y saben sonreír de un modo discreto. Saben vestirse. Y ademas, aunque esto no se ve en sus rostros, aunque esto sus labios no lo proclaman en los salones, es seguro que también saben amar con toda la voluptuosidad y todo el ardor que se refleja en sus pupilas obscuras.
Comentario a "Tokio"
La crónica “Tokio” relata la llegada de Gómez Carrillo a dicha ciudad. Aunque esta visita resulta un poco decepcionante para el cronista, porque en su imaginación esta urbe era más bella.
Debido a que está visitando una ciudad oriental, esta crónica está llena de palabras orientales, con las cuales describe todo el ambiente, aunque al principio sea un ambiente un poco gris y que no le satisface del todo.
En ciertas partes, hace unas bellísimas descripciones de detalles de la arquitectura, aunque dentro de la crónica esta descripción preciosista llega a su punto más alto al describir a una mujer (una musmé). Para fines de la crónica, no sólo modernista sino en general, lo que se intenta hacer es una mímesis del mundo y con estas descripciones tan detalladas, el autor demuestra su talento y sobre todo su habilidad como cronista. Esta musmé no representa sensualidad, sino delicadeza, pero delicadeza extrema, casi la pinta como una muñeca de porcelana que al menor descuido se puede romper o lastimar.
El autor juego con diversas sensaciones, al llegar hay una atmósfera gris, pero va cambiando las sensaciones a través del color, porque después nos describe varios elementos de colores encendidos, tales como el rojo o el amarillo.
El tópico más relevante, sería lo cosmopolita de Tokio, incluso hace hincapié en la enorme cantidad de teléfonos que tiene dicha ciudad. Ya para el final de la crónica, el autor pasa de estar decepcionado a dejarse llevar por el ambiente de máscaras, biombos, kimonos, musmés y todos estos componentes de la cultura oriental, tan mencionada por los escritores modernistas.
Tokio
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