Amado Nervo

Índice
Crónicas y comentarios
Desde París. La tumba de Napoleón
Los mexicanos y el cosmopolitismo
Noches blancas y dias bemejos. Los que han matado al sueño
Algo íntimo me dice que todo lo pierdo al perder esto; que algo se descompleta y se acaba en mí, quizá. Otros, que no aman ni comprenden estas cosas, se quedan porque son ricos:¡y yo me voy porque soy pobre! A la mañana siguiente estoy en Londres. Tengo frío. Dos semanas después, estoy en Nueva York. Tengo frío. Dos semanas aún y estoy en México. ¡Tengo frío, mucho frío!
Me voy. – Amado Nervo.
Juan Crisóstomo Ruíz de Nervo y Ordaz, mejor conocido como Amado Nervo nace el 27 de agosto de 1870 en la ciudad de Tepic, que correspondía a Jalisco. Sus padres Don Amado Nervo y Maldonado y Doña Juana Ordaz y Nuñez, descendían de españoles asentados en el puerto de San Blas desde el siglo XVIII. Nervo tuvo seis hermanos y dos hermanas adoptivas. Asistió al Colegio de San Luis Gonzaga, en Michoacán, donde destaco por su cumplimiento e inteligencia, en Zamora estudio ciencias, filosofía y el primer año de leyes, abandonaría los estudios en 1891, debido a las urgencias económicas que tenía su familia y al haberse muerto su padre cuando Nervo tenía escasos 9 años.
Tras abandonar los estudios empezó a ejercer el periodismo en Mazatlán, Sinaloa y finalmente en la Ciudad de México, donde empezó a vivir en 1894. En Mazatlán fue colaborador de El correo de la tarde donde incursiono como traductor de reportes en inglés y francés, también escribió crónicas, redacto reportajes, pergeñó reseñas de eventos editoriales. En la Ciudad de México colaboro en El Universal y El Mundo.
Durante su estancia en la Ciudad de México conoció a Rafael Urbina, José Juan Tablada y Manuel Gutiérrez Nájera, esté ultimo lo invito a participar en la Revista Azul. Amado Nervo empieza a ser reconocido después de la publicación de su novel El Bachiller (1895) y sus poemarios Perlas negras y místicas (1898). Al iniciar el siglo XX, Nervo y Jesús Valenzuela fundarían la Revista Moderna, la cual fue la sucesora de la Revista Azul.
En 1900, El Imperial lo envía como corresponsal a la Exposición Universal de París, en dicha ciudad residiría por dos años en los cuales entablo amistad con el nicaragüense Rubén Darío. Gracias a la cercanía que tuvieron y que se expresaron públicamente, se tiene la idea que Nervo es el sucesor, en Modernismo, de Darío después de su muerte en 1916, los seguidores de Nervo buscan los más “azucarado” en su obra, mientras que sus enemigos lo condenaron, pero en la obra literaria de Nervo los rasgos críticos e irónicos contrapesan armoniosamente las partes sentimentales.
En su estancia en París conoce a Ana Cecilia Luisa Dailliez, con quien entablaría una relación amorosa y muriera prematuramente, siendo este suceso doloroso y que dio como resultado de La amada inmóvil, que fue publicada tiempo después de la muerte de Nervo, debido a que la consideraba como parte un dolor demasiado intimo para ser publicado. Una de las obras más aplaudidas por los críticos debido a que es un Nervo en pleno auge sentimental se trata de su obra Oferterio.
A su regreso a México, después de haber experimentado su formación literaria, ejerce como profesor de la Escuela Nacional Preparatoria, incluso es nombrado como inspector de enseñanza de la literatura. Es hasta 1906, cuando logra ingresar como diplomático mexicano, yendo a Argentina, Uruguay y España, en este último país desempeñaría el cargo de secretario segundo de la Legación de México en España. Y en 1918 sería nombrado ministro plenipotenciario en Argentina y Uruguay, este último sería la última tierra que lo viera vivir, ya que al año siguiente moriría en Montevideo.
La obra de Amado Nervo, es caracterizada debido a que es similar a la de Rubén Darío, por esta razón tras la muerte del nicaragüense, el “toma la bandera” del Modernismo, siendo para algunos críticos, el inicio del fin del movimiento debido a que consideran que con la muerte de Darío, la corriente muere a su lado.
Un aspecto importante dentro de su obra, es el instinto por demostrar su mexicanidad, se parecía en su prosa y lírica, crónicas como Los mexicanos y el cosmopolitalismo lo demuestran. El exotismo está presente en las crónicas que escribe en su residencia en París. En esta estancia es cuando Darío y Leopoldo Lugones, influyen en su experimentación artística y literaria que Nervo dejaría junto con su pluma, pues abandonaría al Nervo que fue influido de preocupaciones religiosas y místivo, para tornarse más humano, más liberal.
La etapa donde muestra su refinamiento más exquisito, su preocupación por la perfección de la forma y protagonismo de la estrofa en su estructura, es la más estudiada y aplaudida por sus seguidores y críticos, que van entre los años 1900-1905. Obras como Poemas (1901), El éxodo y las flores del camino, Hermana agua y Lira heroica (1902), Los jardines interiores (1905), son evidencia de esto. Esta lírica cambiaria después con la muerte de su amada.
Amado Nervo, es un referente de la literatura mexicana y que lamentablemente dejo su obra inconclusa, debido a que en la última etapa literaria que conocemos es evidente que el escritor está en plena madurez, en plana transición y experimentación artística, que nunca concluyo, dejando a sus lectores y las letras con “frío, mucho frío”.
Comentario a "Desde París. La tumba de Napoleón"
El modernismo adopto a Paris como la meca intelectual de la época de finales del siglo XIX, todo aquel que se hiciera llamar modernista debía conocer como la palma de su mano esta ciudad. Para muchos de los autores del Modernismo significaba, la ciudad, las puertas de su creación de su lírica, prosa y narrativa. Y así lo plasma Amado Nervo en esta crónica que describe la ciudad y la impresión que le deja al autor.
En muchas crónicas la descripción del lugar es sumamente importante y esta no es la excepción, debido a que la ciudad impacta a Nervo y decide hacer una descripción para que el lector sienta, y no solo imagine, lo que el autor siente estando en la ciudad de las luces. Uno de los personajes icónicos de la historia de Francia ya nivel mundial es Napoleón y su tumba es una de las visitadas y reconocidas por los turistas; Amado Nervo no solo describe la tumba de Napoleón, sino que expresa el asombro que tiene al estar cerca, de alguna manera, de una de las figuras históricas más importantes.
Desde París.
La Tumba de Napoleón
¡París! Todo lo que pudiera decir de la capital del mundo está dicho ya. Aun cuando la viese a través de mi temperamento, aun cuando la matizase con toda la paleta de mi fantasía, dicho esta. ¿Qué París es bello? Lo es sobre toda ponderación. ¿Qué ase, que domina, que subyuga, que arrebata desde el primer instante? ¡Quién podría negarlo!
Es preciso pisar esta tierra bendita, grande aun en sus locuras, interesante aun en sus ridiculeces, amble aun en sus vicios, fuerte aun en sus debilidades, para comprenderla. Pero ¡Dios mío!, esto ha sido versificado, literaturizado, poetizado, y esculpido; no hay ciudad más favorecida por la admiración en todas sus formas vehementes que “el cerebro del mundo”.
Hemos venido a París antes de conocerlo; sabemos de todos sus rincones, de todas sus “manzanas” vedadas, de todas sus delicias prohibidas, de todos sus prodigios de arte, y aunque la realidad siempre tiene fisonomías inesperadas, el escribirla y describirla la fisonomizamos poco más o menos como los que han precedido, y esto es redundancia.
Yo, por tanto, me propongo refugiarme en ciertos rinconcitos sanos de la metrópoli, en el análisis de ciertas costumbres desconocidas, en el pedacito de sombra que proyectan ciertos recuerdos.
Yo tenía una vieja deuda con mis ensueños, y apenas llegado a París resolví pagarla; visitar la tumba de Napoleón, el hombre más formidable que han visto los siglos.
El Hotel de los Inválidos, fundado por Luis XVI, quien quiso “asegurar una vida feliz a los militares mutilados o enfermos que se encontrasen sin recursos, después de haber encanecido bajo sus banderas”, debe, sin embargo, su verdadera organización a Napoleón, y aun cuando fue construido para alojar a 5,000 “pensionista”, apenas si hospeda ahora a cien.
Lo primero que seduce la mirada al acercarse al precioso edificio, cuya cúpula de oro arde al sol, es la explanada donde se alinean dieciocho cañones de diferentes formas y estilos, cuyas bocas obscuras bostezan bajo el cielo suavemente azul, este cielo cuya primavera parece ahora aún indecisa, tímida y pudorosa, como una virgencita que se entrega al primer beso. Esos cañones son históricos: es una batería triunfal formada con todas las victorias, arrebatada a todos los ejércitos, exigida como tributo a todas las naciones. A ambos lados de ella surge el contraste, los jardincillos acogedores y simpáticos, donde pasean los viejos guerreros mutilados en todas las aventuras bélicas de Francia, envueltos en su uniforme azul.
*
Esta es la decoración que primero se muestra; en el fondo, como el de un gran cuadro majestuoso, se levanta la fachada del hotel, severa, imponente, negra, con la adorable negrura de todos los viejos edificios de piedra, en París.
Tiene tres pisos, y los techos de sus mansardes afectan la forma de trofeos de armas, de cascos y de banderas esculpidas. Un pórtico coronado por la estatua ecuestre de Luis XIV indica la entrada del edificio.
Una de las partes principales de éste, a la cual da acceso el patio de honor, es la iglesia de San Luis, y lo que primero nos embelesa en ella, lo único acaso, es el domo que constituye el segundo recinto del templo. El domo es sin duda el más bello monumento de estilo griego que tiene París.
Su cúpula, perennemente resplandeciente cuando desde el exterior se le contempla, hace pensar en la gloria única de las cenizas que ampara, en esa gloria que fue como un relámpago rojo atravesando el mundo; cuando desde el interior se levantan los ojos para verla, el efecto es grandioso.
Llueve de ella, bañando estatuas y pinturas, una media luz religiosa, y debajo, como un abismo que se opone a un altura, como un gran hueco que se tutea con una resplandeciente bóveda, se abre una cripta circular, rodeada de una balaustrada de mármol; sus paredes están adornadas de bajorrelieves y de estatuas imponentísimas; su pavimento es de mosaico, y en el centro se levanta un gran sarcófago de granito rojo, de un solo bloque, sencillo, grave…, ¡inmenso! Ahí duerme Napoleón, ahí descansa el César.
Francia cumplió la voluntad postrera del águila encadenada de Santa Elena, y para recordar que la ha cumplido ha hecho grabar sobre la gran puerta de bronce que da acceso al fondo de la cripta estas palabras:
Quiero que mis cenizas reposen al borde
Del Sena, en medio de ese pueblo francés
Que tanto he amado.
Napoleón
*
Y soy aquella mañana el único visitante; mis pasos resuenan hondamente en las amplitudes del domo; nada turba el sueño del emperador, que duerme rodeado de banderas hechas añicos y reunidas en trofeos: ahí hay banderas nuestras, banderas tricolores vueltas pingajos, sobre las cuales extienden nuestras águilas sus misericordiosas alas mutiladas. Mas no nos hiere dolorosamente su vista, porque están bien acompañadas: todas las grandes naciones han dejado ahí un jirón de su manto. El César se lo llevó entre sus acicates, “que doce años espolearon al mundo”.
Religiosamente me apoyo en la balaustrada, y con los ojos fijos en aquella tumba simbólicamente roja, roja como el combate, roja como el incendio, roja como la gloria, pienso en Víctor Hugo, el Homero que cantó la soberanía de este Aquiles- Yo soy uno de aquellos que, según el poeta, vendrían melancólicos de los confines del mundo a ver cuánto pesaban las cenizas de un Napoleón en el hueco de su mano. Y recitaba para mí el verso que el desterrado Jersey pone en la boca de Francia, dirigiéndose al Imperator:
Nous t’avons eu pour dieu, sans t’ avoir eu pour
maître!
(Te tuvimos como dios sin tenerte como amo.)
*
¡Qué divino silencio! La luz dorada de la mañana caía tamizada sobre el sepulcro; las grandes estatuas de mármol parecían meditar.
Enfrente del César se entendía la regia avenida “de los palacios”, de la Exposición Universal; luego París, “su París”, con los Campos Elíseos, donde, como por una Vía Apia, pasó en otro tiempo aclamado por centenares de miles de voces y seguido de “el gran ejército”, con la diestra oculta bajo el gabán: “¡Aquel gabán!”, y la mirada profundamente recogida bajo el sombrero: “¡Aquel sombrero!”
Y de todo aquello no queda más que un bloque hueco de granito rojo, y cabe ahí el que no cabía en el mundo, el que arrebató “el Escorial a Carlo V y el Kremlin al Czar Pedro”. Nos parece como que la enorme sombra va a levantarse, a cabalgar su caballo blanco, a surgir a la gloria del día, a posesionarse otra vez de este París que hierven en rededor suyo…, se siente un sobrecogimiento de terror sagrado.
Más no, ¡para qué! César es aún soberano bajo aquella piedra que parece una ágata; reina en París, París lo adora todavía; París tiene el culto idólatra de esas cenizas y se ha refugiado en el recuerdo de esas glorias. El César vive aún, reina aún; sus cenizas son inmortales y la inmortalidad es el superlativo de la vida.
París, abril de 1900
Comentario a "En este país"
Se establecen las diferencias que existen en dos ciudades a finales del siglo XIX, por un lado la Ciudad de México y por otro Paris, la meca del movimiento modernista, ambas ciudades con un aspecto diferente, para un mexicano significa la modernidad y belleza. Con esta cónica Nervo hace un llamado a los padres que no dejen ir a sus hijos a una ciudad como lo es Paris, debido a que se percataran que es una mejor ciudad que la que han habitado por años.
En esta crónica, leemos la añoranza del escritor por y toda la cultura que existe en la ciudad de las luces, lo asombroso que es ver cafés, teatros y muchas cosas que en ese entonces carecía en el país. Al escribirla pareciera que quiere transportar la belleza de Paris a México. Compara la llegada y el establecerse en Paris como si alguien de otro estado de la república mexicana llegara por primera vez a la Ciudad de México y al regresar a su terreno nota que hay una gran diferencia entre su pueblo y la ciudad, lo mismo ocurre con los jóvenes que emigraban al Paris de finales del siglo XIX.
EN ESTE PAIS
Ya he dicho a todos los padres de familia, amigos míos, que no envíen sus niños a Europa. Tras de ser inútil y costoso, es nocivo. París pone su sello en esas imaginaciones juveniles, y México no puede borrarlo. En las batallas de amor, Lázaro es el que padece. Aquí, en cuestión de comparaciones, México es quien las paga.
¿Qué París es muy bonito? Pues entonces, padres desnaturalizados, ¿cómo quieren ustedes que la pobre criatura que vivió en el cerebro del mundo viva sin enfermarse de tristeza en este país que será, cuando más, el intestino del globo terráqueo?
Allá hay muchos teatros, y muchos boulevards, y muchas escenas paradisíacas. Aquí, ni lo último. El vicio es un pobre vicio vergonzante que va de trapillo por calles apartadas.
Allá todo el mundo habla francés; hasta en los cafés cantantes lo hablan.
Aquí empezamos porque no hay cafés cantantes…
Aquí no hay nada…¡Este país!...
Y los buenos papás, que por proporcionar recreo e instrucción a sus hijos determinaron desembolsar fuertes cantidades sosteniéndolos en Europa ,ven con tristeza que ni la Europa culta entró en ellos ni ellos trajeron de esa Europa otra cosa que gérmenes de profundo hastío por todo lo que es México.
¿Van por una calle, y una ráfaga de polvo los hace estornudar? Lo primero que sale de sus labios es la consabida frase:
-¡Este país!
En este país, en efecto, ni andar se puede por una calle sin estornudar.
En este país hay polvo y los carruajes lo levantan, y el polvo se cuela por las narices y uno estornuda, es claro. Y todo porque está uno este país.
Tenía que suceder. En este país la gente no sabe andar y golpea a uno con el codo. Ni podía ser de otra manera: con un gobierno así, y unas calles así, y nos habitantes así…
En este país…
El nostálgico entra en un teatro, y quiere suponer que canta la Patti o Tamagno.
Lo hacen mal, de fijo; aquí ni la Patti ni Tamango pueden cantar, con las instituciones que nos rigen, y el clima y el público que tenemos…
En este país… Y el nostálgico se va muriendo a pausas de tedio (lo cual no impide que engorde) y compara, todos los días, a todas horas, y tiene, para cuanto ve, deliciosos mohínes despectivos.
Llegará a viejo y tendrá aún en los labios a este país para maldecirlo.
Saliendo de México, todo es Cuautitlán.
Saliendo de París, todo es México.
Para no hacer comparaciones, mejor es quedarse en Cuautitlán.
Así no se olvida el castellano, ni se destroza el francés.
En cuanto a bicicletas, polainas y flores para el ojal, también las hay aquí, Cuautitlán.
¿Para qué ir, pues, a la capital de Francia?
Diciembre 26, 1895
Comentario a "Los mexicanos y el cosmopolismo"
El exotismo fue parte importante dentro del movimiento de los modernistas y es retratado en esta crónica de Amado Nervo. Donde aparte de retratar su admiración a la gran capital parisiense, describiendo las enormes calles y edificios, nos refiere a sus amigos latinoamericanos, con los que convivio gran parte de su estadía en Paris, deciden partir a Italia donde ellos querían descubrir más y maravillarse de otras urbe, mientras que Nervo decide quedarse en Paris debido a que su exotismo por la ciudad aún no se ha consumido y también debido a las relaciones que estableció en esta ciudad.
En otra parte de la crónica habla del exotismo que existe de los europeos que tienen sobre América, las maravillas que deben de existir y todas las costumbres que existen de este lado del mundo. Nervo resalta a un personaje que está dispuesto a venir a México simplemente por la plata, que es un metal que carece un país como España. En esta crónica el tema principal es el exotismo que tiene el escritor y el que existe en su círculo social ya sea hacia Italia o México.
Los mexicanos y el cosmopolismo
Hace un calor capaz de torrificar hasta la actitud glacial de una suegra pesimista. París arde, y la gente rica se escapa a las estaciones balnearias. Los millonarios se van, y con ellos algunos que no son precisamente millonarios; por ejemplo, un afectuoso grupo de amigos mexicanos a quienes acabo de dejar en la estación del Este: Carlos Dufoo, mi viejo hermano de El Imparcial; el maestro Campa, Gustavo Bernal, el excelente barítono compatriota; Luis Quintanilla, el joven y elegante recitador, y su esposa. Todos vanse a Italia, no por huir del calor precisamente, pues hoy por hoy Italia y la parrilla de San Lorenzo son sinónimas, sino a calentar su espíritu al sol del viejo arte incomparable. Heles dicho adiós, y he tornado solo a mi alojamiento.
-Ven con nosotros –me decían, como las Enlutadas de Gutiérrez Nájera.
Pero París me retiene y debo quedarme. Apenas hemos delineado la Exposición, y es preciso fijar, cuando menos, l’ensemble, porque es inmensa. El Imparcial necesita crónicas, y en tanto que el incansable Monaguillo agita su incensario de oro ante las obras maestras de Florencia, de Venecia, de Milán, de Roma, y redacta para el amado diario nuestro sus nuevas y frescas impresiones, yo seguiré “flaneando” por esa curiosa ciudad cosmopolita, erizada de todas las arquitecturas, que se llama el Certamen de 1900. Cuando él torne, que será pronto, yo me iré entibiar, a mi vez, mis ensueños al rayo del sol latino. Iré antes que caigan las hojas, antes que la nieve que tapizaba el camino, a mi llegada, vuelva a cuajarse sobre las inmensas praderas. Entre tanto, “flaneemos” por la enorme feria.
*
Del caos de edificios en construcción, ha surgido ya un conjunto de harmonioso. Los pabellones se han ido abriendo uno tras otro; el presidente los visita en la actualidad; los jurados trabajan con ahínco, y están ya decretadas las medallas de Bellas Artes. Al finalizar este mes, la Exposición se verá definitivamente concluida, sin duda alguna, pues poquísimo falta que rematar, y las provincias francesas vaciarán su inmenso contingente de curiosos en la feria del mundo. Ya en la actualidad el número de forasteros y extranjeros es enorme. Se calcula que la población flotante de París llega a quinientas mil almas. Ayer, en un ascensor que los llevaba a la cima de la torre Eiffel, en un grupo de veinte turistas a lo más, se hablaba francés, alemán, inglés, italiano, español, noruego, ruso y… hasta vasco.
Y es curioso asir al paso un alegre pingajillo de nuestro idioma. La otra tarde, por ejemplo, en el Grand Palais, éramos unas diez personas contemplando el magnífico cuadro de Camilo Danger, que se llama La transgresión del mandamiento, y que representa a Cristo bajando del Calvario y recorriendo la tierra con tristeza, con la faz divina dolorosamente oculta en la una mano, porque ha hallado por dondequiera la desolación, la guerra, el odio de hermanos; porque uno y otro lado del camino hay cadáveres de guerreros asiendo aún, con crispados dedos, sus estandartes y sus armas; en que se ostenta la cruz, en nombre de la cual han vertido tanta sangre; porque lo llamean las ciudades incendiadas; cuadro que el Mundo Ilustrado reprodujo; si mal no recuerdo, en una Semana Santa, y que tiene esta leyenda, que ahí resulta de una ironía inmensamente angustiosa: “Y he aquí su mandamiento: que nos amásemos los unos a los otros, como El nos lo ha mandado.” (San Juan, Ep. I. Cap. II parágr. XXIII.)
Pues bien: del grupo surgían exclamaciones de mayor o menor complacencia: Comme è bello!, afirmaba un italiano, poniendo los ojos en blanco. C’est joli, decía una francesita con gesto lleno de coquetería: un yanqui lanzaba un sonoro All right! De pronto escucho:
-¡Ay, tú de mi alma, qué bonito!
Y vuelvo la cabeza. Era una muchacha colombiana, a quien acompañaba el poeta Guillermo Valencia, autor de un poema publicado recientemente en el Ilustrado: Anarkos.
Y así dondequiera. Los ómnibus son pequeños babeles, los restaurantes no se diga, y en cuanto al bouleverd, hay casi un idioma por cabeza. En la Exposición se codean los tipos más exóticos de la Tierra: junto a un mandarín del Celeste Imperio, rígido y cómicamente majestuoso, bajo su veste de seda azul y su birrete bordado, en forma de tapa de tetera, un abisinio más negro que una intención torcida: junto a un escandinavo de caballera de azafrán, que parece arrancado de un drama de Ibsen, un español bajito, vivaracho, moreno y charlatán.
*
Los mexicanos, por nuestra parte, gozamos del privilegio de un alto exotismo. En general, se nos toma por todo menos por latinoamericanos.
-Es usted italiano, o judío, o romano –se me dice con frecuencia.
-Soy mexicano –respondo.
Y las pupilas se dilatan de curiosidad. Hay quien cree que México es una región boreal; otros afirman que está entre los Estados Unidos y el Canadá, y loa mejores intormados lo confunden con el Perú o Chile.
-¿Y es bonito aquello?
-¡Oh! Una primavera eterna. Jamás nieva.
-Pero, señor, eso no es posible.
-Eppur, si muove.
-¿Y qué producen ustedes?
-Plata especialmente.
-Ah!, la, la, la! Entonces hay que ir a México –afirmaba un cura español ventrudo y rojo hasta la congestión.
-No, padre, no vaya usted. Hay mucha competencia.
Algunos de nuestros compatriotas, merced al hibridismo de la población de México, que comprende tantos caracteres étnicos diversos, pasan por asiáticos.
-¡Un chino! –exclamaban el otro día unos niños viendo pasar a un amigo mío, que rió harto de la ocurrencia.
*
En suma, que no estemos definidos. Un alemán, un francés, un inglés, son inconfundibles. De un mexicano jamás puede afirmarse nada: es posible que venga del Celeste Imperio o de las ruinas de Tebas; de los hielos de Bergen o de los hornos del Trópico.
Por mi parte, encuentro la cosa divertida; eso agrada al cosmopolitalismo, de suerte que he optado por responder:
-¿Qué le parece a usted que soy?
-Siri-caldeo.
-Perfectamente; nací en Jerusalén, cerquita del Jardín de los Olivos, y en la calle de Poncio Pilatos me tiene usted a sus órdenes.
París, junio 20, 1900
Comentario a "Noches blancas y dias bermejos. Los que han matado el sueño"
La descripción de los habitantes, más que del lugar, son narradas por Nervo en esta crónica, donde la ciudad deja de ser Paris siendo ahora Madrid. Al inicio llega a comparar la ciudad francesa con la española debido a que se percata que en Paris existe la noche debido a que se cierran las cafeterías y la gente no acostumbra a estar tan tarde en las calles como lo hacen los madridistas, según narra.
Las noches blancas que hace referencia Nervo se trata de las noches gélidas en Francia, con el frio y lo poco cálidas que son socialmente hablando; mientras que los días bermejos representan la vida cotidiana de los madridistas y la pasión que el autor presiente al ver la manera en la que se envuelven laboralmente y socialmente, hay que recordar que el bermejo es un color rojo como la sangre, por esa razón hace la metáfora de los días en Madrid.
Noches blancas y dias bermejos.
Los que han matado el sueño
Después de observar detenidamente a los madrileños, he llegado a convencerme, con cierta ligera sorpresa, de que no duermen a ninguna hora.
¡Han matado al sueño!
París tiene un momento de reposo, aun en el corazón mismo de la inmensa capital.
Hay un instante, a eso de las tres de la mañana, cuando los trasnochadores se acuestan y los madrugadores no se levantan aún, cuando se cierran los últimos (o, si ustedes gustan, los penúltimos) cafés y no empieza aún el rodar de los carros que surten los mercados centrales; hay un momento, digo, en que el monstruos aletarga
.
En Madrid no pasa esto. Madrid no se aletarga, no dormita jamás. O es acaso como uno de esos gigantes de los cuentos, que duermen con sólo un ojo
A las tres de la mañana, el habitual escenario de la Puerta del Sol está en plena animación.
Infinidad de grupos hablan de política, y, naturalmente, componen el país, lo arreglan a su gusto: los papeleros vocean La Correspondencia, la España Nueva y el Heraldo, que sale por lo común a las diez de la noche y que, sin embargo, es quizá el periódico más leído de España; los cafés están henchidos de parroquianos, resonantes de risas, charlas, gritos, y ruedan por todas las calles los coches que conducen a sus casas a los que vuelven de una comida, de una visita o de un club.
Y este movimiento continúa, menos nutrido, si se quiere, hasta el amanecer y s empalma con el Tajín matinal y luego con el ir y venir de los que viven dispuestos a aprovechar la menor ocasión –así sea del tamaño de una lenteja- que se presente para perder el tiempo, y los cuales, desde temprano, se estacionan en los alrededores del palacio, de donde no se retiran sino a eso de la una de la tarde, para tornar a eso de las dos de la misma
¿Qué hacen allí? Pues ven el entrar y salir de personajes: de los ministros a quienes toca acuerdo, de los señorones que vienen a cumplimentar a los reyes; el ir y venir de los alabarderos y gentileshombres de servicio, y sobre todo, el relevo de la guardia.
¡El relevo de la guardia!
Yo me pregunto qué haría el pueblo de Madrid sin el relevo de la guardia, júbilo cotidiano de los pobres.
A él asisten diariamente centenares de personas.
El que no es observador, acaso se dirá: “¡Cómo hay gente para todo!”
Pero quien siquiera de pasada observe, notará que aquella multitud, salvo cuatro o cinco extranjeros curiosos, que nunca faltan, es la misma, exactamente la misma que el día anterior.
El relevo de la guardia es, en realidad, para ésos, para los humildes, para los que son felices oyendo los pasadobles y ven pasar siempre como un panorama de ensueño la móvil mies de las bayonetas y de las espadas, la gayería de los uniformes.
Por lo demás, difícilmente habrá un palacio tan acogedor, tan democrático, sin ustedes me permiten el calificativo, como este viejo Palacio de Madrid.
Basta verlo invadido a todas horas por todo el mundo. El rey, las reinas y los infantes salen y entran
materialmente a través de la multitud de bobos.
Los infantes don Carlos y don Fernando, que cumplen con las obligaciones del servicio el Alcalá, donde sus cuerpos están de guarnición, dos veces al día, cuando menos, atraviesan aquella masa compacta que apenas si abre paso al landó o al automóvil que los lleva.
Cuando la corte se va a San Sebastián, como acontecerá en breve, a tiempo que ustedes reciban estas líneas, el pueblo que veranea en Madrid, como las golondrinas, se pone tristón. No más grupos de curiosos, no más cotarros de golfos estacionados en la plaza de Oriente entre los puestos de agua fresca.
La guardia, tonificada, se congestiona en los garitones.
Se acabó la fiesta gratuita, el sonriente espectáculo diario.
El majestuoso alcázar del gran Carlos III parece bostezar por todas sus ventanas.
Los semiderretidos dragones que la ordenanza planta de vigilancia en la plaza de Armas, ni siquiera tienen arrestos para decir un piropo a las criaditas sonrosadas que afrontan la rabia del sol y los ardores caniculares de los enamorados callejeros.
Pero que se extinga uno de estos lentos y radiosos crepúsculos de estío, rebeldes a la muerte; que entre las arboledas de la villa flameen los primeros focos del alumbrado; que la suave misericordia de la noche caiga sobre las calles ardientes y veréis cómo este ajetreo, cómo esta balumba, cómo este hormigueo de madrileños, se activa. Va a empezar la verdadera vida de Madrid: el rasgueo de las guitarras, el lloriqueo voluptuoso de las coplas, el vivaz y apasionado comentario torero, la charla política y el inevitable dúo de amor, hasta que palidezcan las misteriosas y lejanas estrellas…
Comentario a "Sobre Gutiérrez Nájera"
En esta crónica está impresa la admiración que Amado Nervo tenía hacia su amigo y mentor Gutiérrez Nájera, incluso pareciera que se trata más de una carta personal de despedida que una crónica. Esta crónica fue publicada después de la muerte de Gutiérrez Nájera y forma parte de un homenaje que hicieron su amigos más cercanos, Amado Nervo escribiría otra crónica Un monumento a Gutiérrez Nájera, En la crónica, Nervo resalta la falta que va hacer Gutiérrez Nájera en las letras Iberoamericanas.
"Sobre Gutiérrez Nájera".
He creído que esta hermosa carta, que casi nadie conoce, servirá de pórtico, mejor que todo lo que pudiera escribirse, al tomo último de las obras del Duque Job; es del maestro Altamirano. Leedla: es muy bella:
“Paris, diciembre 24 de 1891.
“Mi querido amigo Manuel: Esta carta lleva el objeto de presentar a usted ay a su amable señora (c. p. b.) los votos de mi familia y los míos por la felicidad de ustedes en el año que va a empezar.
“Deseamos para ustedes todo género de prosperidades íntimas, y que el talento y la reputación de usted, siempre en ascenso, le han asegurado un puesto envidiable, en la cumbre de la literatura patria.
“No he escrito a usted con más frecuencia; pero pienso en usted siempre y lo leo con fruición y con orgullo. Con fruición, porque, en francés, estaría usted al lado de los escritores más ingeniosos de aquí. Es usted un parisiense que ha conquistado se derecho de ciudad con la punta de su estilo. Y con orgullo, porque no puedo menos de sentirlo al ver a un mexicano, a un joven que he conocido pequeñito, al lado del querido, viejo, hoy ausente, hacerse verdaderamente notable, y eso no mediante las tradiciones de la escuela literaria española, sino trasplantando a los campos vírgenes de México las flores de la literatura clásica, las violetas perfumadas de Atenas, y eso con una originalidad que hace de usted un floricultor modelo, como los que hay en La Haya y en Harlem.
“Siga usted ese sistema. Es el bueno, en mi concepto. Puede ser que con él no vaya usted a la Academia Española, que es una colina artificial; pero de seguro irá usted a la gloria, que es la montaña. Y vale la pena.
“Hay sirenas que lo tentarán a usted a su paso, hoy que atraviesa usted en su nave enguirnaldada y con la bandera de la fama a tope Tápese usted con la cera desdén los oídos, como los marinos de Ulises. […]
“Adiós, Manuel; sea usted feliz y piense en su maestro que lo quiere y admira, Ignacio M. Altamirano.”
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Muy recién llegado a la capital, me presentaron a Gutiérrez Nájera, a quien intensamente deseaba conocer. Nada me dijo su figura inexpresiva y tosca; sus ojos minervinos, un poco saltones, nada me dijeron, y sólo el prestigio que de su personalidad literaria emanaba, y que era ya tan firme y poderoso, pudo hacer que una desilusión inmediata no sustituyera al culto ingenuo y apasionado que mi alma le tenía.
Frecuentemente le vi después, durante los siete meses que mediaron entre mi llegada y su viaje –su definitivo y eterno viaje-, ya en la redacción de El Universal, donde por aquel entonces -1894- se reunían a diario él, Díaz Dufoo, Bulnes, el doctor Flores y Rabasa, o bien alrededor de aquella simpática y hospitalaria mesa de El Partido Liberal, adonde Jesús Valenzuela, Urbina y Castillón iban a derramar el tesoro inagotable de sus chistes, y donde Gutiérrez Nájera tartamudeaba los suyos con una gracia peculiar, entre artículo y artículo. In illo tempore yo era un muchacho hosco, tímido y silencioso. Poco avezado a se encantador juglarismo de la frase, en el que tan hábiles eran Valenzuela, el Duque, Monaguillo, y el autor de los Poemas crueles, y temeroso siempre de una gaffe, limitábame a oír o a admirar. Creo que en esos siete meses de que hablo, no más de tres veces crucé mi palabra con el Duque Job: la primera, en un té literario –entonces estaban muy en boga- en casa de los Michel, para decirle con voz entrecortada cuánto le admiraba y le quería; la segunda, en la Alameda, donde le encontré muy de mañanita, y con su bondad, aquella inagotable de niño que le acorazó siempre el alma. ,e regaló un cumplido acerca de unos versos míos; la tercera, después de una sesión de la “Prensa Asociada” que pretendía él resucitar, en una noche de plenilunio, llena de plata, en que le acompañé a su casa, conversando (él conversaba) no sé de qué libro recién llegado.
A poco cayó enfermo, y murió. El día de su muerte, no me separé de él –que para siempre se había separado de nosotros- y recuerdo que, ya avanzada la tarde, su madre se acercó, en un momento en que yo me encontraba solo con el amado muerto, para decirme “Córtele usted unos cabellos que quiero guardar.” Así lo hice, y yo mismo até con sumo cuidado el leve haz en que brillaba ya la escarcha.
Un año después fui a decirle algo a su tumba, a aquel solitario rinconcito del Panteón Francés. Habíase organizado guardias frente al sepulcro. Tocábame hacer la mía por la tarde, y cuando llegué sólo había ahí un amigo piadoso. Como nadie venía después (empezaban ya a olvidarle: les morts vont vite), ahí permanecimos hasta que se encendieron todas las estrellas.
No presentía yo entonces, seguramente, que andando el tiempo habría de organizar y prologar el tercer tomo de su obra completa y segundo de sus prosas inmortales. Antes que yo, don Justo Sierra, en un prefacio lleno de luz y de fuerza, como todo lo suyo, y Luis Urbina, en un prólogo lleno de ternura y de suavidades fraternales, habían presentado al público el tomo de versos y el primero de prosa de Gutiérrez Nájera. Y ante ellos, que conocieron tanto y tanto amaron a aquel cuyo espíritu ha ido quizá, según frase del poeta francés, a aumentar el fulgor de no sé qué estrella lejana, yo no estaba acaso en condiciones de decir otra cosa que lo que el maestro Luis de León dijo en la primera página de las obras de la inmortal carmelita: “No conocí a la venerable Teresa; pero hanme dicho…”, etcétera.
Empero, mi distinguido amigo don Manuel Mercado, el compañero inseparable y bueno de Gutiérrez Nájera, pidióme estas línea; procurando olvidar a quienes me habían precedido en la presentación de la obra prestigiosa, para sólo pensar en mi viejo culto por uno de nuestros admirables, púseme a escribirlas. Que el Duque me perdone. ¡Era tan bueno!
Preciso ha sido para organizar –tan defectuosamente como lo he hecho- estos materiales, vivir algunos meses en comunión perpetua con la inolvidable sombra y puede decirse que hasta hoy no la he conocido por completo. Conocía yo casi toda la obra de Gutiérrez Nájera; desde el rincón de mi provincia devoraba sus artículos a medida que aparecían en los diarios. Mas era tal el deslumbramiento que muchos de ellos me producían, que en vano hubiera tratado de analizarlos. Sus prosas y sus versos pasaban por mi cielo como iris que vuelan; batía el ave del paraíso su plumaje de gemas, y yo permanecía ante la visión maravillosa como aquellos infantes de los antiguos cuentos, ante la fuente de oro, el pájaro que habla y el árbol que canta. Fuerza era aprisionar el ave del paraíso para alisar suavemente su plumaje y ser si el encanto se quedaba entre mis dedos en la forma de un poquito de oro en polvo. Fuerza era abrir el arcón de las piedras preciosas, volver entre mis manos sus facetas, hacer que la luz se deshiciera en ellas en laberinto de chispas, para convencerme de que entre los diamantes de Golconda no había ignominia de un guijarro de California. Y así lo hice. Y el ave del paraíso soló de entre mis manos con la incólume policromía de su plumaje, y las piedras del joyero siguieron siendo dignas, ante mis ojos, de temblar como bandadas de luciérnagas presas sobre el pecho blanco de las emperatrices.
Como en esos mosaicos bizantinos que embelesan aún nuestros ojos, bajo las bóvedas orientales de San Marcos, el oro y los colores habían ganado con el tiempo. La obra, pacientemente leída en mi tranquilo estudio, no sólo resistía esa suprema prueba del conjunto, del engarce en el libro, que es piedra de toque para toda labor fragmentaria, sino que ganaba en precio y en hermosura. No decía uno: ¿Por qué darle a lo efímero del periódico la eternidad del libro? Decía uno, sí: ¿Por qué fatal destino ese cerebro inmenso fue desparramado lo mejor de su esencia en el periódico?¿Por qué no fue rico para escribir muchos libros? ¿Por qué la vida lo llevó así de prisa, siempre de prisa por todas las colmenas, sin dejarle acendrar en cada una de ellas más que un poquito de miel?
¡Cuántas crónicas pasadas; cuántos gracejos que bordaban la nota informativa del día; cuántas reseñas adorables de espectáculos de que ya muy pocos se acuerdan; cuántas figuras y figurones sociales y políticos, que hoy han desaparecido; cuántas niñas hermosas que hoy ya son madres de muchos hijos, y van por esas calles de Dios obesas y jadeantes, desfilaron por mi estudio en las numerosas horas de lectura! ¡Y cómo viví esa época, tan cercana y tan olvidada ya, en que Mauricio Grau, y la Moriones; Samsón, que aún tenía cabellos, y Sieni, que aún no perdía los suyos; Bablot, que aún iba prodigando sus células, y Bulnes, que ya las había prodigado; Sarah, que todavía tenía voz de oro, y la Patti, que todavía cantaba, se barajaban en el laberinto de actualidades metropolitanas!
Libros que ya se agotaron y que aún no se reeditan, novelitas que ya pasaron de moda, poetas que fueron amores que se apagaron, asuntos políticos palpitantes que ya no palpitan… Todo, todo vestido de una gracia infinita, de una vida intensa, invadió mi espíritu, llenó mi cuarto de aleteos, y dejó en él, por mucho tiempo, un perfume hecho de muchas flores secas, de muchos guantes femeninos, de muchas sedas antiguas, un suave perfume lleno de misterio y de pasado…
¿Y el mando dónde estaba?... Volví instintivamente mis ojos y no lo hallé… Fuese de pronto, dejando sus cofres abiertos y en desorden: en ellos, pêle mêle, yacían trajes de moiré cansados, joyas de arcaicas facturas, ramilletes, listones, pañuelos, libros, frascos de perfumes…
Todo está piadosamente recogido en el arcón de este libro, lector; y cuando el libro leas, te preguntarás lo que yo me he preguntado muchas veces: “¿Por qué artificio maravilloso pudo este hombre escribir tantas cosas? ¿Merced a qué conjuro fue a la vez sociólogo y poeta, economista y literato, humorista y tierno, riente y triste, clown y pontífice, juglar y orfebre?...
¿Y como esa vida breve almacenó tanto saber y tanta bondad; tanto saber a pesar del tiempo que vuela y de la labor múltiple que da la fiebre: tanta bondad, a pesar del insulto perpetuo, de la envidia siempre en acecho, de la pobreza y de la enfermedad y de la brega sin cuartel?
Misterio…, misterio que se llevó la sombra amada al repliegue del infinito donde mora…
Y cuando cierres el libro, lector, subyugado por tanta maravilla; cuando saborees aún con paradisíaco sibaritismo el último artículo, crecerá acaso tu pasmo y con él tu melancolía, si te acuerdas de aquella frase con que remató el mago hace una de sus últimas páginas: “¡Mi mejor artículo…¡Ah! Mi mejor artículo no lo escribiré jamás!”